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Monté un pequeño blog en tumblr para colgar gráficas rápidas que hago ocasionalmente por ahí. Se llama Simply Plots. Las primeras cuatro entradas, inspiradas por esto, usan los datos de este reporte del Foro Económico Mundial. Me interesaba particularmente la posición de Colombia con respecto al resto de países latinoamericanos. Me sorprendió ver a Colombia tan mal calificada en cuanto a acceso a la educación. Se supone que esa ha sido la prioridad por muchos años. A veces incluso dicen que la calidad requiere primero mejorar la cobertura. Pero en realidad ni en calidad ni en equidad educativa, ya de por sí atroces, Colombia luce tan rezagada como en acceso. Es triste ver los números y pensar de paso que buena parte de los esfuerzos gubernamentales en Colombia se enfocan en complacer a indicadores de reportes como esos. También me aterra pensar en las consecuencias a mediano y largo plazo de las políticas educativas que se traducen en esos resultados. La salud, por cierto, sale mucho mejor parada.

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Mi predicción es que cuando Twitter se acabe nadie se dará cuenta. Seguiremos hablando para siempre en oraciones cortas y entrecortadas, ahogados en el presente rabioso e inmenso, ansiosos de una señal que indique de que dijimos lo correcto para alguien más.

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Mis compañeros del trabajo son personas jóvenes, en sus veinte, que apenas empiezan sus carreras y vidas. Son muchachos alegres y curiosos que han tenido vidas mayoritariamente buenas. He aprendido a apreciar su presencia y en medio de mi torpeza me he integrado al grupo. En poco tiempo he hecho varios nuevos buenos amigos, algunos de ellos diez o quince años menores que yo. No sé bien cómo me verán. Me sorprende mucho todavía todo el cariño que recibo de ellos. Es agradable trabajar con personas así de generosas.

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Visitamos un colegio donde los niños se mueven de salón a salón a su gusto de acuerdo a las actividades que les antojen. Es uno de los primeros colegios experimentales de la ciudad. Llevan inventándose su modelo y en la lucha para mantener su independencia y al tiempo sostener su carácter público desde principios de los setenta. Los profesores sugieren actividades y proyectos alrededor de temas elegidos por los niños por votación y de resto los niños tienen libertad sobre cómo quieren invertir su tiempo. Los temas de trabajo cambian cada tres meses. No hay calificaciones ni exámenes. Tampoco cursos como tal más allá de una división amplia y no muy estricta entre pequeños (4-7) y grandes (8-11). Cuando surgen conflictos se postulan comités de niños para resolverlos, con un maestro como facilitador. También hay asambleas regulares para discusiones más globales. Los niños aprenden a su ritmo y no hay exigencias de desempeño académico o logros programados. Cada cual descubre la lectura y la escritura a su manera y a su debido tiempo. Ellos eligen su camino. Se espera, también, que los papás visiten y se involucren en actividades. Cuando le he hablado a amigos canadienses del colegio con admiración me miran como si estuviera loco por querer que Laia estudie en un sitio así, sin reglas, sin orden y por fuera de los currículos. A mí me parece un colegio feliz. Se siente desestructurado, colororido y libre, en manos de los niños. Ojalá que tengamos suerte en el sorteo. Hay muy pocos cupos cada año.

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Hoy un amigo dijo algo que me gustó. Dijo que hay muchos (me incluyo) que se dedican a cuestionar el propósito de lo que hacen todo el tiempo y que ese reproche permanente les impide sentirse satisfechas con sus vidas; los llena de amarguras e intranquilidades. En contra de esa tendencia, mi amigo recomienda programar momentos de cuestionamiento cada seis meses o un año para evaluar la ruta y tomar decisiones (tan rotundas como sean necesarias), pero de resto, por fuera de esos momentos de duda existencial programada, mejor hacer lo que quiera que uno esté haciendo con la convicción y el gusto de que es justo lo que corresponde hacer, sin tantas preguntas ni miedos.

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A los treinta y tres años tuvimos un hijo que se murió. A veces Laia nos pregunta por él. Otras veces lo menciona en conversaciones. Lo ha visto en algunas fotos, por eso sabe de él. Algunos de los adultos a los que Laia les ha hablado de su hermano piensan que es una fantasía infantil, de pronto un muñeco, pero ella les insiste que es un niño de verdad y después me pregunta dónde está. Algún día tendremos que explicarle con claridad lo que pasó.

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Cambiaron la distribución de puestos en la oficina y ahora tengo un escritorio con ventana a la torre. Siempre parece como si estuviera a punto de despegar.

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Esta semana he estado pensando en el amor. O mejor, en lo que las personas entienden, pretenden o quieren decir cuando aseguran que sienten amor. Por ejemplo, cuando el acosador dice, tras ser agarrado con las manos en la verga, que su único delito es haberse enamorado. Supongo que el acosador sabe que lo que siente no es amor. Si dice amor es precisamente porque pretende ocultar su responsabilidad bajo un sentimiento noble. No es ni siquiera novedoso en su estrategia. El amor, en su misterio, es conveniente. Las consecuencias de permitirse amar son impredecibles. Es algo que la literatura ha explorado a fondo. Hay personas, dicen, que se vuelven locas de amor o desamor. La treta funciona: los comentaristas también se valen del amor para explicar y entender el abuso sistemático de un hombre poderoso sobre su subalterna. El hombre, en su debilidad, tiende a ser más víctima que beneficiario del amor. La mujer, en cambio, usa esa debilidad para obtener lo que desea. Es un sistema frágil ese del amor como mecanismo primitivo de justificación en juegos de dominación y propiedad. Prefiero el amor que es entrega, respaldo y compromiso, sin tanta exigencia. Tal vez convendría encontrarle otra palabra para que no se confunda con el amor de acosador.

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Los sábados en la piscina veo niños que nadan y papás y mamás cansados. Seguro yo también me veo así. La paternidad es una forma especializada de cansancio: autoinfligido, dulce y sostenido. Nada se siente demasiado intenso pero la acumulación sin tregua es extenuante. A medida que los niños crecen las oportunidades para el reposo cambian y a veces incluso se expanden, pero nunca (hasta donde vamos) llegan a ser suficientes. Por fortuna, la resistencia quizás gracias al instinto también se amplía, así que no hay colapsos. Supongo que en unos años las exigencias serán otras, más emocionales que físicas. Esas me asustan más.

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Con la edad se ha vuelto más fácil hacer amigos. Tal vez porque he perdido prevenciones y prejuicios pero también porque muchas de las inseguridades que obstaculizaban las amistades se han disuelto. Ya no me tengo tanto miedo ni me siento tan mal como para creer que no tenga sentido compartirme/exponerme pese a mis (de seguro amplios) defectos. Cuando era joven la mayoría de mis ansiedades estaban relacionadas con el trato con otras personas. Sentía que no tenía recursos para interactuar sin ser rápidamente despreciado (incluso pese a la evidencia). Ahora las principales fuentes de ansiedad son asuntos como la plata, el futuro laboral y la salud. En general me siento más tranquilo y cómodo con mi reflejo: pesa menos.

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Procuro llevar mis dolencias con la dignidad del eternamente agonizante. No siempre con éxito. Anoche, pese a acostarme victorioso, me volvió a despertar la garganta. Me levanté adolorido y resignado, convencido de que tal vez ya era hora, dispuesto a afrontar otro día más en el capitalismo, comprometido con mi papel humilde como infiltrado y beneficiario del gran esquema que explota, engaña y oprime. En realidad eran las tres y media. El capitalismo aún dormía. Leí este artículo sobre la muerte y la mentira. Pensé en todas las muertes que nunca aceptaré. Creo que hasta la mía me va a costar.

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Últimamente cada vez que me enfermo temo que será para siempre. Que la tos, o el dolor en el costado, o la molestia en la espalda, o este dolor de cabeza que tengo mientras escribo, harán parte de lo que soy de aquí hasta que me muera. O incluso serán la causa de mi muerte. Casi siempre alcanzo a reconciliarme con la idea antes de recuperarme. Tal vez con un par de años me acostumbre. No puede ser tan difícil. Ayer por ejemplo tenía un dolor de garganta delicioso que Laia importó del colegio y me tenía maldurmiendo desde la semana pasada. Hoy de madrugada me levanté y pensé que quizás debería aceptar su carácter crónico y adaptar mis días a su presencia aprovechando las madrugadas que me concedía. Ahora, al borde de la cama, no lo siento. Creo que ya se fue. De verdad no sé cuánto tiempo podría vivir con un dolor de garganta así. Tampoco sé qué habría hecho con todas esas madrugadas de vigilia dolorosa. Sospecho que muy poco.

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Siempre he querido conocer a un extraterrestre. Durante una temporada incluso consideré la posibilidad de ser un extraterrestre. Me sorprendía que un extraterrestre hubiera elegido mi vida. No parecía una vida digna de merecer atención extraterrestre. Pero ser extraterrestre me eximía de todos esos sufrimientos de las personas relacionados con la muerte, el tiempo, las relaciones sociales y el amor. Era ventajoso. Podía permitirme ser un observador cándido, sin compromisos ni ataduras. Eso me protegía. No sé por qué resolví dejar de ser un extraterrestre. Tal vez me cansé de esperar que volvieran por mí y me llevaran a mi verdadero lugar. O tal vez quería estar más cerca, supongo, así doliera.

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Dicen que hay un nuevo planeta. Aunque hasta ahora sentimos sus efectos siempre estuvo ahí. Pero nadie lo ha visto. Es un planeta en el sueño de una máquina que inventa explicaciones hasta dar con la más plausible en la intersección de lo concebible y lo observado. El planeta, más que un planeta, es una explicación. No hay un nuevo planeta sino una explicación para una irregularidad sin explicación dentro del marco contemplado. Tal vez no hay un nuevo planeta y sin embargo podemos vivir por unos días como si existiera y hasta darle un nombre, nunca lo notarán. El nuevo planeta nos mira y también duda de nuestra existencia. No deberíamos estar aquí. No deberíamos saberlo.

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Ya Plinio cumplió diez años. Nosotros lo recibimos a los nueve meses en Barcelona tras responder a un anuncio en Loquo que prometía ‘un buenazo’. Nos ha acompañado desde entonces. Es parte de nuestra familia. Duerme sobre mí y fue mi compañero durante los meses de escritura de la tesis. Viajó en un camión con nosotros hasta Lyon y después en avión hasta Toronto con escala en Zurich. Es un buen amigo; de los mejores que he tenido. Sigue siendo el mismo muchacho tímido, cariñoso y tranquilo que recibimos. Cada vez que vamos al veterinario nos dicen que está muy flaco, pero él siempre ha sido así.