Rango Finito

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Superficial

En el postgrado se requería pasar seis exámenes en áreas generales antes de enfocarse en algo más específico. Cada uno de estos exámenes estaba asociado a un curso. Dos exámenes eran obligatorios, para el resto había cierta flexibilidad de elección. Los exámenes que presenté fueron análisis real, análisis complejo, álgebra 1, álgebra 2, lógica y geometría diferencial. Eran exámenes salvajes de tres o cuatro horas con cinco preguntas que requerían trabajo duro de varias páginas. Me encantaba el reto. Nunca estudié tanto, sospecho. Había límites en el tiempo para cerrar esta fase del programa pero no recuerdo cuáles eran. Creo que nunca estuve al borde de la expulsión aunque no podría asegurarlo. El de álgebra 2 lo tuve que presentar dos veces antes de lograr superarlo (o sea a la tercera — había por ahí cuatro momentos en el año en el que se podían tomar). El resto los pasé a la primera aunque no siempre con holgura (por lo general recién había terminado de tomar el curso correspondiente — los únicos que no tomé fueron el de lógica (presenté y pasé el examen milagrosamente recién llegué aunque mi inglés era apenas funcional) y el de álgebra 2 (tercamente me negué a tomarlo y me determiné a estudiarlo por mi cuenta)). Todo esto para decir que de los seis los exámenes en los que me fue mejor (calificados “con distinción”, lo que quiera que fuera eso) fueron geometría diferencial y análisis complejo. Y creo que durante lo que siguió siempre lamenté en secreto no haber seguido estudiando más geometría diferencial, así que ha sido agradable revisar esta semana, por cosas del trabajo, algunos libros viejos para intentar entender, otra vez, detalles de la forma como la curvatura nace de esos productos perturbados en el espacio tangente. Ahora intento leerlos computacionalmente: imaginar en qué consistiría una clase que codificara una variedad riemanniana. Qué propiedades tendría, qué métodos, cómo se pueden abstraer en un lenguaje como Python. Hay algunos proyectos en esa dirección para variedades riemannianas específicas en las que los cálculos son relativamente sencillos si se enfocan en una cierta aplicación específica. Pero creo que con los sistemas de diferenciación automática que se consiguen ahora se podría aspirar a herramientas más generales (al menos para los problemas que ahora me interesan). A ver si en algún momento saco tiempo para jugar con eso. Por ahora sigo leyendo.

Cuarenta y uno

Hoy cumplo cuarenta y un años. Habrá poca celebración. Ayer comimos pastel con crema de maracuyá, mi favorito, de nuestra pastelería de confianza del barrio. Hoy estaremos casi todo el día afuera. Primero en clases de música y después en un concierto para niños de la sinfónica. Almorzaremos tarde en un restaurante tailandés que me gusta donde tienen un plato que es (palabras más, palabras menos) arroz frito con huevo y chicharrón. De ahí para la casa. Dormí mal y tuve un sueño raro en el que comprábamos una colección inmensa de Condorito que al instante demostraba ser un encarte por fuera de lo sostenible. Hace rato que no tenía de esos sueños obsesivos que no me dejan ni dormir ni despertar.

Valle

Este último año tuve un periodo largo en el que se me dificultaba muchísimo leer. No era cansancio. Más bien una forma de desconexión. En general, casi cualquier actividad que requiriera iniciativa y disciplina diaria por fuera del trabajo o las rutinas con la hija me costaba inmensamente. Y en el trabajo había una motivación primaria que me impulsaba, por así decirlo. Por momentos me angustiaba bastante. Procuré navegarlo con paciencia, perdonándome la ausencia, concediéndome tiempo. Practiqué con fervor (aunque no sin desesperanza ocasional) la autocompasión. Poco tiempo después del viaje a España algunas cosas empezaron a fluir otra vez. Lentamente recuperé los vínculos y empecé a sumar regularidades. Para este momento me siento recuperado, pero no podría decir que hice nada en concreto para salir de ahí más allá de tomar la situación con calma y convencerme de que era pasajero aunque se acumulara por meses. Con cautela he retomado algunos de mis hábitos y he vuelto a leer un algo a diario. Me hacía falta.

Aniquilación

Empecé a leer The Southern Reach Trilogy el lunes, para cerrar el mes. Por lo pronto es Lovecraft modernizado y empacado en ciencia ficción tipo Сталкер. Aunque bien hecha, es una novela de ingredientes basada en inexplicables. Y los ingredientes ya cuentan con referentes dentro de la cultura popular masiva (más que todo a través de series de televisión que aprovechan algunos de los trucos del género (a veces hasta el abuso)) lo que garantiza consumo. Este consumir depende de cierto nivel de reiteración o familiaridad, he notado. Las series de Netflix se solapan (en temas y escenarios) con intención pues así el costo de atenderlas es menor. Eso facilita el cultivo de una audiencia que se pueda acreditar cautiva con esfuerzos menores en ambas direcciones. Igual prefiero la cultura popular ligera que la que se empeña en la profundidad a punta de novedades y reflexiones de bajo costo.

Pantera

Vimos Black Panther. Creo que me gustó al menos en lo superficial, aunque Marvel en cine cada vez me aburre más. Cuando intenta ser sustanciosa o inspiradora termina adentrándose en territorios donde se siente torpe. La representación del primo americano que regresa resentido, por ejemplo, me parece que refuerza la forma como los afroamericanos son a veces despachados como una comunidad sin redención. Un componente del racismo gringo diferencia entre el descendiente de esclavos (bárbaro) y el africano (noble); la película sostiene esa perspectiva. Esto supongo debe tener origen colonialista. Y también es colonialista esa representación de África como un territorio al borde del colapso político: clanes en discordia permanente cuya armonía depende de la presencia de un rey guerrero y filósofo (una tradición ancestral) que los subyuga pese a las diferencias. Un conflicto que subsiste en el supuesto hiperdesarrollo de Wakanda, como sugiriendo que es parte de la esencia cultural, independiente de progresos y conocimientos. Que el protagonista sea un rey que se pretenda bondadoso me dificulta la lectura compasiva.

Corbatín

Después de pensar un rato ayer concluyo que la mayoría de la geometría diferencial explícita en este artículo es decorativa. Se ve bien y es relevante, pero no deja de ser un corbatín. Para efectos de lo que se pretende explicar, definir la métrica en la bola de Poincaré a partir del tensor métrico asociado a su estructura de variedad riemanniana es un exceso. Y al final todo se reduce a un descenso a punta de gradientes usando este truco (me desconcertó el abuso notacional de la página 16; ojalá que algún editor haya sugerido añadir aire en ese argumento) con una función de pérdida que aprovecha la geometría hiperbólica del espacio de inmersión. La aplicación tiene su encanto, para qué, pero se me hace que se podría presentar con menos pompa.

Masacres

Como hay problemas para comer practicamos una versión recurrente de ese juego del avión donde (en nuestro caso) los habitantes de una ciudad (o tal vez una base militar, en ediciones más recientes) quieren explorar una cueva articulada a las afueras y envían un helicóptero tras otro pero todos desaparecen misteriosamente una vez se adentran en la oscuridad. Mientras la boca se cierra hago los respectivos gritos de pánico (y quizás más adelante dolor) de la tripulación e inmediatamente preparo una nueva misión de rescate (por necesidad trágica) para entender qué fue de las anteriores. Ayer por la mañana lo hacíamos con un plato de corn flakes que bajaba a ritmo lento y de pronto, al tercer o cuarto helicóptero, la hija no aguantó la risa cuando empezaron los gritos de los (siempre aguerridos) tripulantes y terminamos todos bañados en una explosión de leche, banano y hojuelas de maíz a medio mascar. El juego ha sido cancelado hasta nueva orden.

Anclas

Terminé ayer en una actividad de la universidad en la que proyectaban dos episodios de Viaje a las Estrellas: La Nueva Generación y después había un conversatorio sobre los dilemas éticos que los episodios trataban. En un episodio Picard intenta demostrar que Data merece derecho a oponerse a ser desmontado para que estudien su funcionamiento, y en el segundo Data concibe a una hija y debe confrontar a la federación para preservarla junto a él. Al final del episodio, tras un ataque de pánico producido por la amenaza de una separación, la hija muere.

El moderador propuso preguntas sobre la naturaleza de la relación que los humanos deberían entablar con una futura inteligencia artificial y sugirió que algún tipo de relación de parentesco podría darnos pistas, por ejemplo la paternidad. Varios de los presentes intentaron desmontar esa propuesta pero a mí me gusta. Creo que captura dos puntos esenciales de los problemas morales alrededor de nuestro trato con posibles máquinas pensantes.

El primero es la forma como debemos tratar a esas entidades y el segundo cómo guiar su configuración ética. La paternidad exige un compromiso hacia el hijo de protección y educación en un proceso de desapego gradual, concediendo independencia a medida que el desarrollo avanza. Y en paralelo implica (¿exige?) un trabajo constante de transmisión de valores y principios: queremos que los hijos aprecien lo que apreciamos, que sean sensibles y respetuosos, que valoren a las otras personas y no sean agresivos, que se defiendan y sepan defender, que no persigan lo espurio, que no se vuelvan esclavistas o asesinos en masa. Supongo que algo similar correspondería en la situación hipotética que se planteaba en el conversatorio (aunque a mí todo eso de la inteligencia artificial como un asunto inminente cada vez me suena más absurdo).

Pensaba por otro lado esta tarde, mientras me comía una mandarina celebratoria del año nuevo chino, en el apego que tengo a ese sabor y esas texturas y el viaje sencillo que me permiten hacia los paseos a Pacho con mis abuelos cuando era niño. Pensaba, más precisamente, que uno como papá debería dedicarle tiempo a llenar a los hijos de sensaciones placenteras que sean fáciles de repetir no importa dónde estén (o si vivimos o no) y que más adelante puedan usar para conjurar, en caso de necesidad, las felicidades sólidas que se acumulan en la infancia. Pocas mejores que esas.

Menos

Me entró hace poco una preocupación por mi forma de relacionarme principalmente a través de espacios donde cada palabra es siempre para muchos, no importa cuan dirigida o personal sea. Esta escenificación permanente de la vida social conduce a un histrionismo ansioso de reacción, a una búsqueda de efectos en un público siempre atento, donde el propósito de establecer vínculos se difunde y prima la exposición de filos y agudezas y la creación de un personaje que los encarne. A veces creo que me da miedo el aislamiento (más que la soledad) y por eso recurro a esas concurrencias. Son a las relaciones con otras personas lo que KFC es a la comida. Me permiten evadir el trabajo que requiere en mi caso cultivar y sostener relaciones perdurables en mi entorno cercano: estoy ocupado, pendiente del ruido, presto a responder y contribuir. Me cubre la carencia superficial, pero a la larga me vacía. De tanto en tanto, cada vez menos.

Divorcio

A principio de esta semana leí Divorcio en el aire de Gonzalo Torné, una novela intensa que se sostiene sobre un narrador con una voz saturada y repelente que funciona (para mi sorpresa) de maravilla como herramienta para (no sé ni cómo decirlo) abordar una aproximación asincrónica de la experiencia desde el colapso recurrente que ejecuta la memoria. Me impresionó muchísimo el trabajo de confección de esa voz (su cadencia, su compromiso con la continuidad, sus preferencias en cuanto a vocabulario, sus juegos estructurales y humores a varios niveles) y la forma como viste con ella a un personaje miserable, derrotado por sus propias inmundicias, que intenta aferrarse a sus pedazos quebrados de humanidad. Es un trabajo muy fino, admirable de verdad.

Lujo

Parece que un porcentaje altísimo de escolares en Toronto viven a distancia caminable de su colegio y solo algo así como un diez por ciento usan transporte escolar. Esto en parte pasa porque los colegios públicos son la norma amplia, no importa el nivel socioeconǫmico. Los colegios públicos de barrio además generan comunidades ricas en formas de vivir y proveniencias, lo que repercute en la forma como las niñas ven a las personas que las rodean: con confianza y respeto. Eso, en una ciudad grande y moderna, cuna de soledades, es mucho más valioso que cualquier lista de exclusividades de complejos residenciales y colegios para pocos.

Vidas

Padezco la lectura de hojas de vida porque me proyecto en ellas. Las leo y siento la confusión de escribirlas y el deseo de que tal vez esta vez (con este diseño, resaltando esta sección, difuminando esta experiencia) conduzcan a algo, a una salida. Mi negocio está repleto de aspirantes provenientes de los contenedores de basura de la academia (como yo) y tras nuestras historias resumidas en listas de logros, habilidades y aspiraciones promocionadas y abandonadas alcanzo a entrever la desilusión natural de recién sentir que ese esfuerzo de años fue en vano. A la larga no lo será, creo, pero desde ese lugar es muy difícil sopesar lo cosechado.

Penitentes

Ayer después de acostarme recordé que hoy pasa el camión de la basura así que me enfundé en chompa y pantalón de nieve sobre la piyama y salí embotado a arrastrar los contenedores de basura saturados desde su refugio hasta la acera a través de la nieve fresca. Ahí descansan esta madrugada con sus bocazas abiertas a la espera del camión que los librará de su abundancia congelada. Desde la sala parece como si rogaran misericordia a la calle vacía.

Hambre

Leía hoy hojas de vida, tengo cientos en una bandeja, y entre ellas al azar encontré dos en las que, cada una a su manera, usaban una frase atribuida según entiendo a Steve Jobs. La frase, empalagosa de arranque, sin redención posible, es dizque «Stay foolish. Stay hungry» o tal vez al contrario, que da lo mismo. El primer candidato la soltaba sin comillas ni ironía en el medio de una carta de postulación genérica donde disimulaba sus inseguridades vocacionales con parrafados compuestos a retazos sobre sus méritos físicos y espirituales. El otro la colgaba de una esquina de una hoja de vida que también incluía una gráfica de torta con tajadas para describir la distribución de un día cualquiera de su vida actual. Apenas le quedaba tiempo para la felicidad al pobre muchacho. Y bueno, pensaba en eso de perseverar en la estupidez y el hambre y en las condiciones azarosas que permiten que un hombre ascienda hasta un nivel social tal que semejante frase absurda (no importa la interpretación iluminada que pretendan encajarle: el hambre y la estupidez no conducen, ni siquiera comprendidos metafóricamente, a nada deseable) pueda ser considerada inspiración y motivación para quienes nunca, en el fondo, se han sentido estúpidos ni han padecido ningún tipo de hambre pero aún así consideran que esas palabras si no los representan por lo menos simulan lo que quieren parecer. Pensaba, en fin, en la deshonestidad en la base de todo ese sistema de méritos falsos para encubrir casualidades y en la forma como permitimos que esas ideas vacías se vuelvan parte de lo que define, impulsa y guía.

Censor

Todo enero leímos Tintín por las noches, diez páginas por día. Durante el viaje a España compramos un pedazo (semi-aleatorio) de la colección. Por ejemplo, tenemos la dupla que empieza en El Secreto del Unicornio, y también la que se inicia con Las Siete Bolas de Cristal y termina con El Templo del Sol. Ahora leemos Tintín en El Tibet y cerraremos con Vuelo 714 para Sídney, que fue el primero que recuerdo haber leído con mi papá en un paseo a Tolú.

Me impresionó de El Templo del Sol la cantidad de animales que Tintín mata. Se bajan un cóndor de Los Andes, también una anaconda inmensa y finalmente una decena de cocodrilos gigantescos. Todos sin la menor culpa. Como con el racismo de Pippi Calzaslargas, he tenido que editar la lectura para reducir el tono desagradable al respecto de los nativos y también anular esa forma de hablar a punta de infinitivos que les endilgan. Se supone que El Templo del Sol ya hace parte de la fase progresista de Hergé, cuando se burlaba del sentido de superioridad europeo, pero aún así me incomodan muchos supuestos colonialistas y racistas que siguen en el trasfondo y se alcanzan a filtrar en la perspectiva desde la que se cuenta la historia. Vivir por acá lo vuelve a uno sensible con todo eso.