Rango Finito

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Por culpa de Andrés revisito con cuidado (esto es, con letra a la mano) el primer disco de Wu-Tang Clan:

The flow, changes like a chameleon, plays like a friend and stabs you like a dagger. This technique attacks the immune system disguised like a lie paralyzing the victim. You scream as it enters your bloodstream; erupts your brain from the pain these thoughts contain. Moving on a nigga with the speed of a centipede and injure – any motherfucking contender.

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Este artículo de Vallejo intentando montarle una crítica a Cien años de soledad es entre patético y triste.

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Ahora mismo en la portada de El Espectador. Quién sabe cuál será el conducto regular que termina determinando la diferencia al reportar ciertos muertos.

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En la coyuntura, un ensayo de Stanislaus Bhor (como siempre muy aclarador) sobre la historia de la publicación de Cien años de soledad que sacamos en HermanoCerdo en 2012. También una entrada vieja de este corresponsal sobre las conexiones evidentes entre la saga de Macondo y las historias de Lovecraft.

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Creo que la muerte de García Márquez me dolió más de lo que pensé que me dolería. Y ni siquiera sé bien por qué.

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Protocolos anidados que niegan por diseño la posibilidad de que un mensaje auténtico sea transmitido o recibido. La comunicación sustituida por una simulación en la cual se intercambian cadenas de lenguaje desprovistas de sentido mediante reiteración, simplificación y abuso. El flujo de vacíos satura el medio. Las palabras verdaderas se pierden en el ruido.

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Quién sabe cuál será el criterio con el que la gente elige la foto del muerto que acompaña el obituario que publican en el periódico. Usualmente son fotos sonrientes pero no siempre son recientes. Mi estimado es que una de cada dos fotos de obituarios de personas ancianas fueron tomadas hace menos de dos años, el resto varía: junto a la noticia de la muerte de una mujer que nació en 1920 sale la foto de una señora de treinta años con un peinado de época. A veces eligen fotos de infancia. No hay patrón.

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Hace poco murió Jerry Roberts, el último miembro del equipo de criptoanalistas ingleses que combatieron a los Nazis durante la guerra. Hoy en The Globe and Mail había una nota sobre él. Era un lingüista de esos que parecen salidos de novelas de Javier Marías: un académico más bien gris especializado en francés y alemán que terminó reclutado por inteligencia británica. Sólo hasta hace muy poco se reveló su contribución: co-dirigió el equipo que rompió el código de la máquina Lorenz.

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Hoy murió Gabriel García Márquez, el último escritor colombiano.

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Esta galería en Flickr es una belleza. No tengo ni idea de cuál es el contexto de esas fotos pero me encantan. Este es el fotógrafo. A veces, cuando miro las fotos que tomo, intento imaginar qué se sentirá verlas cuando ninguna de las personas o lugares que están ahí existan. Intento imaginar que todo ha sido destruido y el único vínculo que me queda con esos mundos y esa gente son las fotos. Hay un cuento de Hemon sobre eso en su primer libro. Creo que ese fue el cuento de Hemon que me conectó con él: un hombre exiliado en Chicago reconoce su vida en Sarajevo entre unas fotos de las ruinas. Hoy toma muy poco tiempo crear ruinas. Una ciudad puede ser barrida de pleno en menos de un mes sin recurrir a nada particularmente drástico. Como sea, a veces pienso eso y no sé si hay que estar triste o aliviado de que algo persista. Qué sería de todos los niños en esa galería. Cuánto de sus vidas todavía nos rodea. O cuán poco.

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Empleadas internas

Esta es una nueva versión del ejercicio con el índice de empleadas domésticas internas. Creo que es mejor enfocar el mapa en los departamentos y que los datos para municipios se vean en una tabla contigua. Por sugerencia de Katherine incluí la población para cada departamento/municipio mencionado.

Algo que descubrí haciendo los cálculos es que Antioquia se lleva de lejos a todos los demás departamentos en el número de municipios con más de 10.000 habitantes. Mientras que la mayoría de los departamentos centrales tienen unos 10-20 municipios en esta categoría, Antioquia suma 42. Curioso.

Y hablando de servicio doméstico, en este artículo sobre un fracaso en Silicon Valley mencionan, como evidencia de las excentricidades y excesos del muchacho emprendedor protagonista, que tenía una empleada interna. Y este es un pelao con un apartamento en el centro de San Francisco que vale más de un millón de dólares. Pone los números de Colombia en perspectiva.

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Me da miedo esa capacidad que tienen los juegos de video para sumergir emocionalmente al jugador en la trama y comprometerlo con su suerte (la de un personaje) dentro del juego. En mi caso la reacción es casi fisiológica: una apaleada al Batman de Arkham Origins me llena de ansiedad, me tiemblan las manos, me intranquiliza; tengo que sentarme y cerrar los ojos un rato. La frustración de ser derrotado varias veces consecutivas intentando superar un escenario en Fez me convierte en pura ira y no sé ni siquiera a qué. Eso tal vez hace más patético todo: racionalmente es claro que nada de lo que pasa tiene consecuencias pero aún así algo adentro toma control y monta al cuerpo y la cabeza (soy un dualista de corazón) en prácticamente el mismo modo de alerta en el que caería ante una amenaza física seria. Y uno entiende que es ridículo pero no puede hacer nada para que no lo afecte. Y para colmo al cabo de un rato vuelve al juego a ser derrotado una vez más.

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Hoy leí Flash Boys, de Michael Lewis. Me gustó mucho. Como es de esperarse dado el tema (high-frequency trading), el libro es una fábula moral sin moraleja o si se quiere con moraleja en desarrollo sobre la estructura interna del sistema financiero y su propensión natural al abuso y el robo. Lewis hace un trabajo muy bueno convirtiendo un problema técnico complicado y lleno de terminachos y matices en algo digerible y hasta apasionante. Lewis tiende a sugerir que hay un beneficio social en la bolsa y que estas firmas que abusan son un síntoma de problemas de regulación más que del carácter de la bolsa en sí como institución. Esto es probablemente discutible, pero dado que el monstruo existe y no hay razones para creer que vaya a extinguirse en el mediano plazo no está de más que de vez en cuando aparezcan personas como los protagonistas del libro intentando proponer un orden alternativo que tal vez no aniquile a la bestia (en este caso ellos no tienen ni siquiera ese propósito pues comparten con Lewis la fe en el beneficio social de ese casino sublimado) pero al menos la aplaque y contenga. Independiente de sus intenciones, es fascinante el problema que enfrentan y la suma de ingenios y talentos que se requieren para doblegarlo. Envidio a esas personas (su arrojo, su capacidad para asumir riesgos, su resistencia ante fracasos, su ambición) pero creo que odiaría vivir sus vidas (la presión, el estrés, la intranquilidad, la ansiedad, la ambición). Aunque Flash Boys se siente como literatura motivacional todavía no logro aislar qué es lo que me motiva o inspira.

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Hoy leí la biografía en cómic de Louis Riel escrita y dibujada por Chester Brown. Durante el viaje a Quebec había leído Paying For It, una especie de autodocumental donde Brown presenta, sin mayores atenuantes, su faceta como cliente de prostitutas tras renunciar a la posibilidad de tener relaciones amorosas con mujeres (pues considera que estas relaciones son inevitablemente desgastantes para ambas partes y nocivas en tanto que a la larga destruyen amistades cordiales que serían siempre preferibles (hay mucho que se puede decir sobre esto, pero mejor acá no me extiendo)). En algún momento de Paying For It una de las prostitutas le pregunta cuál es su trabajo y él le cuenta que es dibujante de cómics. En una visita posterior le lleva una copia de su biografía de Louis Riel. Me pregunto qué habrá pensado la prostituta de este libro. Debió confundirla mucho. A mí me confunde. Es raro. Aunque Paying For It y la biografía de Riel son dos libros radicalmente distintos en su concepción, temática y casi cualquier otra dimensión concebible, el acercamiento al pensamiento de Brown en Paying For It tal vez permite apreciar mejor el sentido de la distancia emocional con la que Brown presenta la vida de este revolucionario canadiense del siglo diecinueve que fue, a su manera y desde la tragedia, instrumental en la conformación del Canadá moderno (o al menos su estructura topológica). La percepción de Brown de los dramas humanos es, por decirlo de alguna forma, fáctica: no hay ningún sentido de conexión con la vida interior de los personajes, Riel son sus obras y palabras, sólo lo explícito es constatable y por tanto real. La historia es cruda en sus detalles y anticlimática casi por diseño. No hay intento alguno de sublimar al personaje o enaltecerlo. Algunos podrían leer en esta distancia un intento de objetividad pero yo al contrario tiendo a pensar que es un retrato profundamente subjetivo que se basa en enfatizar la extrañeza que a veces se pierde al contar una historia y disolver las narrativas más estructuradas de donde probablemente nace la leyenda de Riel. El Riel de Brown no es legendario. Es un hombre pequeño que se encuentra casi por accidente una confrontación política. También es un hombre frágil que huye, tiene miedo, se esconde, pierde la cabeza, sufre arrebatos místicos y huye nuevamente por largos períodos de su vida. Cuando finalmente resuelve dar la pelea a la que se siente destinado es derrotado y muere ahorcado. Brown cuenta su vida en un cómic silencioso de dibujos flotantes, muy sencillos y bien pensados (ojo al poder narrativo que logran páneles completamente blancos o negros en momentos claves), que cuenta una historia cruel y probablemente injusta sin perder los estribos ni una sola vez. Es inquietante.

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En el parque había dos muchachos sentados en un banco conversando. Uno le dice al otro: Adults are not allowed to ask why, but we’re not adults yet. Sonaba muy serio.

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Ahora que el tiempo ha mejorado intento ir al parque todas las tardes con Laia. No queda muy lejos. Apenas a unas cinco cuadras largas. Poco a poco le ha agarrado confianza a los diferentes juegos y se lanza sin miedo del tobogán más grande. También sube una escalera de por ahí 1.80 metros de altura hasta la plataforma del tobogán. Hay otro tobogán en espiral que todavía le cuesta y generalmente llega al final patas arriba. Lo que más le gusta del parque son los niños. No todos le prestan atención. Hoy siguió un buen rato a un niño que parecía simpático pero era brusco con ella y la empujó varias veces. Por fortuna Mónica estaba al frente de la situación. Yo no hubiera sabido cómo llevarla. Mónica es más civilizada. Usualmente en el parque hay más mamás que papás y también usualmente las mamás conversan entre ellas mientras que los contados (cuando no únicos) papás siguen atentos los recorridos de sus hijos sin interactuar con nadie. En eso soy estereotípico. De hecho creo que me incomodaría la conversación. Siempre siento que no importa lo evidente que sea que estoy con la niña las mamás me miran con prevención. Y eso que me baño y me visto antes de ir. Cómo sería si no me vistiera.

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Otra visualización rápida con datos del censo de 2005: mapa con la densidad de “empleados de servicio internos” para cascos urbanos municipales con más de 10.000 habitantes.

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Un diagrama circular para representar el flujo de población de un departamento a otro de acuerdo a los datos de proveniencia versus residencia en el censo de 2005. D3 cuenta con un layout para ese tipo de diagramas así que es muy poco lo que hay que hacer para generarlo más allá de calcular la matriz y afinar un algo los tamaños de las cosas. Al principio estos diagramas me parecían confusos. Cada vez siento que dicen más. Es chévere que se puedan ver tantos números y relaciones al tiempo.

Hay un diagrama dual asociado a la matriz transpuesta (donde se hace énfasis en de dónde vienen más que en dónde viven). Es igual de fácil de generar pero quiero hacerlo de tal forma que sea una “transformación” del diagrama (con un botón) en lugar de uno adicional. Todavía estoy entendiendo cómo se logra eso.