Rango Finito

fotoscódigoobservatorioshermanocerdo temas plots

257-267

Once días sin escribir motivo saturación de la vida. Del festival de cine me quedo con Arrival, Colossal y I Am the Pretty Thing That Lives in the House. Arrival, en particular, me tocó hondo. Mientras hacía fila para las películas leí The Big Short de Michael Lewis: divertido, triste y aterrador. En general la maratón de películas me dejó satisfecho. Muy probablemente la vuelva a hacer el próximo año. Durante el último mes he estado calmado y contento. El trabajo va bien y la vida todavía mejor. Laia empezó clases de música (una hora) y piano (media hora) en el conservatorio hace dos semanas. El curso de piano requiere piano en casa así que resolvimos invertir y comprar uno, con la esperanza de que Laia se entusiasme y nosotros también lo usemos para aprender. Hoy a mediodía llegó en un camión. Tal vez el próximo año organice mi horario para tomar al menos una lección a domicilio a la semana. Por lo pronto practicaré escalas.

256

Recuerdo mucho menos de lo que no recuerdo, menos mal. Aunque a veces me gustaría poder decidir qué recordar.

255

Me gusta esconderme en las películas. Entre la oscuridad, envuelto en historias, me siento inmaterial y por tanto completamente a salvo. Es mi estado ideal.

254

Seis años con Mauricio. Somos todo lo que somos gracias a él.

252-253

Más o menos así vamos, a pasos cortos, con calma. No hay urgencias o son imaginarias: productos de prioridades trastocadas. La consigna es entregarse a la vida y recibir con aprecio lo que conceda.

251

Primer día de colegio de la hija. Adiós a la guardería. Emocionante y aterrador verla crecer. Más que todo emocionante. Cada vez menos nuestra y más de ella. Me encanta conocerla.

250

Encontrar un lugar y un momento para recordar y entregarse a ese recuerdo plenamente hasta olvidar por completo que alguna vez fue un cúmulo de instantes sin unidad, libres de estructura, que sólo tenían sentido desde la ilusión del futuro que prometían, ese que nunca llegó. Vivir ahí.

249

Lentamente desaparecer entre las vidas ajenas hasta ser indistinguible de las voces que anuncian la llegada inminente de los visitantes provenientes del otro lado del espacio.

248

Algún día el cielo se llenará de luces y entonces sabremos que ha llegado el momento y dejaremos todo lo que estemos haciendo para salir a las calles y elevar los brazos hacia lo alto hasta fundirnos en una sola esencia, más tono que materia. Nadie nos recordará.

247

Alguna vez fuimos otros y esos otros que fuimos no recuerdan lo que serán aunque el futuro los contiene enteramente. A través del recuerdo los veo y conjuro. Siento a través de ellos lo que alguna vez sentí y pese a que la distancia es infranqueable todavía puedo entenderlos pues capturan un fragmento de lo que soy. Me pierdo con facilidad en ese juego de reflejos.

246

También existe el riesgo de vivir en el futuro, o sea en la revisión cuidadosa de todos los posibles (catastróficos) desarrollos de las decisiones por tomar que impide, de cierta forma, la experiencia del presente. Sospecho que en ciertos casos este es un comportamiento intencional, pues estar presente requiere exponerse y atender a los sentimientos. El pensamiento siempre llega después, descompuesto por la razón.

245

Al comienzo de ese día, un miércoles que intento recordar desde el futuro como si fuera este y no el anterior pues así me sostengo firme en mi propósito de escribir desde el día o sea desde el mundo a medio procesar, todavía crudo y extraño, cinco o tal vez seis niñas me abrazan a la salida de su salón de preescolar que están a punto de abandonar para avanzar hacia el misterioso kindergarten y cuando están todas comprimidas en mis brazos les digo que gruñamos y todas gruñen los gruñidos más temibles que el mundo ha oído jamás.

Al cierre del mismo día admiramos con Jasna el sutil desequilibrio psicópata de Gene Wilder en la vieja película de los chocolates mientras comemos sushi y tomamos limonadas picadas.

Un buen día de principio a fin.

244

A veces la soledad se alimenta de sí misma hasta que se vuelve su principal justificación para existir y deviene en desolación o amargura. A partir de ese momento domina los días sin compasión. Y el problema, más que encontrar una salida, consiste en convencerse de que tal salida existe. Adentro todo es bruma.

243

Si algún día llega la paz que me lleve con ella.

242

Toronto, por George Bit-Yunan