Rango Finito

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Quería esbozar un poema que se dejara leer. Sería un poema sencillo, a verso libre, de corrido. Que en las primeras tres frases sugiera su contenido. Mejor las primeras cuatro, que con tres tal vez no baste. O cinco a seis pa’extenderse sin cautela hasta el arrastre. Aunque ya llegado al sexto lo mismo da diez o quince. Que nadie me salga luego con que soy un minimal. En últimas lo que me importa es terminar el poema. Saberlo cerrar sin trucos, que se sienta natural. Y en el medio, mientras tanto, abarcar todos los temas; que nadie se sienta afuera; que sea en serio universal. Que el lector lo lea y sienta que le salió de las tripas, y no de un juego artificioso con carácter meta y tal. De pronto un día lo escriba. Será un poema excepcional. Ganará todos los premios y alguna copa mundial. Me llamarán de la China. Me invitarán a comer. Saldré en el noticiero con cara de mosco muerto, los haré llorar a todos con mi historia tan humana de mis años en la calle consumiendo mi veneno y mi encuentro con el Cristo que me salvó de ese infierno. Nada es cierto, por supuesto, pero eso ellos no lo saben. Ellos quieren un poema salido de bien adentro. Ya lo dije: de las tripas; que los saque del sofá y los ponga entre la mierda como en realidad virtual. Mi poema los complace, por eso es tan popular.

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La perra amigable y juguetona de los vecinos anda sensible y nerviosa porque adoptaron a un gato casi recién nacido y la perra resolvió asumir la maternidad del gato enteramente, incluyendo la lactancia.

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El documental donde vimos lo de los pulpos y sus tendencias suicidas naturales tras el sexo desapasionado y exclusivamente reproductivo es el primer episodio de Life, una serie de BBC que es narrada en inglés británico por David Attenborough, leyenda viva del naturalismo televisivo. Él también escribió el guión. En wikipedia me enteré de que en inglés norteamericano la narración corre por cuenta de Oprah y en español latinoamericano la lleva nuestro Juanes. No he tenido aún la oportunidad de oír la versión de Juanes, pero siento que la historia del pulpo podría perder la solemnidad melancólica que Attenborough imprime con su voz. Por otro lado de pronto Juanes logra contar otra historia con la mismas palabras. Tal vez en su versión, aún en la muerte a manos del instinto atroz, triunfan la esperanza y el amor.

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Ayer vimos un documental donde explicaban cómo la hembra del pulpo, una vez inseminada, busca refugio en una gruta segura donde con cuidado planta los huevos (cientos de miles) y los limpia y airea por meses sin descanso hasta que empiezan a nacer. Para ese momento, cansada, muere de desnutrición. Leí después que no solo la hembra corre esa suerte. Tras la inseminación, el macho parece perder interés por su vida y deambula solitario por el mar sin rumbo, deja de cazar y comer, pierde peso, desarrolla lesiones en la piel y finalmente muere por las infecciones subsecuentes. La vida es una vaina bien oscura.

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Cada vez es más evidente que los políticos británicos que promovían la salida de Reino Unido de la Unión Europea solo querían ganar visibilidad por medio de un referendo nacional que daban por perdido pero que probablemente dejaría a su copartidario Cameron debilitado. A Cameron lo arrastró el orgullo y le entregó a la derecha rabiosa una plataforma para promoverse. El referendo era un encontrón de mezquindades y el resultado será el colapso de sus gestores. Merecen su suerte.

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Cuando anuncien la llegada del fin del mundo iré adonde Laia esté (tal vez muy lejos) y me sentaré junto a ella y Mónica a esperarlo sea en la orilla de un mar, la ladera de un volcán o la cima de una montaña; donde quiera que se vea mejor llegar a los monstruos que nos convertirán en nada. Nos desvaneceremos en un abrazo. Cantaremos para despedirnos.

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Algún día los dinosaurios volverán de las estrellas y no nos van a reconocer. Su ira será infinita.

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Dicen que mañana se acaba la guerra. Ojalá que las guerras se acabaran así, que llegaran con un sol. Sería lindo.

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Me gusta la palabra “contigo”.

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No sé por qué le presto tanta atención a las cosas muertas cuando estoy rodeado de cosas vivas.

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Calorón de esos que solo sirve para acumular ganas de dormir que después se precipitan de un golpe a media tarde y me dejan inconsciente por horas y sudoroso y confundido al despertar. En Lorica por ahí la mitad de la vida transcurría en ese estado de modorra calurosa permanente previo a la siesta que nunca llega. La contradicción es que el calor que adormece también dificulta dormir. Ni siquiera la desnudez me salva.

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Una señora pasa frente a la casa y nos mira desde afuera. Camina despacio y no deja de mirarnos con molestia. Su pelo gris tupido me recuerda un gorro de invierno que alguna vez quise tener. Lleva la ropa descolorida de quien ya no tiene nada que ganar y un perro escaso que la sigue con disgusto mientras nos mira. Tal vez juzga nuestra falta orgullosa de cortinas. O mi desnudez expuesta en la mecedora desde donde escribo esto al tiempo que la miro con firmeza a juego. Compartimos el desprecio y el momento.

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Tres animales muertos esta semana.

Un mapache junto a un árbol al lado de la pizzería del barrio.

Una ardilla sobre el asfalto en la calle de la reina, cerca de la droguería.

Una plasta peluda indistinguible frente a un resguardo para habitantes de la calle también sobre la calle de la reina.

Qué angustia me dan.

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Escena: el protagonista, ebrio, se enfrenta a otro malviviente que aparentemente le ha robado a su gato. El otro asegura que el gato siempre fue suyo: lo había perdido hacía meses, nunca lo olvidó y ahora lo necesita. El protagonista se abalanza sobre el ladrón pero su equilibrio no es el mejor, así que se va de cara contra el pavimento y una vez en el suelo recibe una zunda de pata mítica. Cada golpe viene acompañado de una regresión fugaz a sus años como aprendiz y los ejercicios intensos a los que lo sometía su maestro. El entrenamiento no lo preparó para la vida, solo lo encaminó hacia la muerte. A rastras lo vemos regresar humillado a la covacha, donde su gato lo espera.

Más adelante el espectador atento descubrirá que el gato es la reencarnación del protagonista.

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Tuve la idea de una película sobre un ninja alcoholizado que termina viviendo en las calles de Tokio en una de esas carpas hechas de plástico azul debajo de algún puente. La película arranca en una casa de empeño donde el ninja deja su katana para financiar la bebida. Inicialmente la concebí como una película de acción pero más adelante en el trayecto en la bicicleta pensé que sería más justo con el personaje y su pasado oscuro que fuera un drama tal vez con redención trágica al cierre. Además así se hace más fácil diferenciarla de Ghost Dog. La película se enfocaría en el encuentro de un hombre con sus debilidades, la consecuente renuncia a cualquier tipo de ambición y la imposibilidad del recuperar la humanidad perdida. Todo eso muy en abstracto. No tengo claro cuál sería su conflicto central.