Rango Finito

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Vamos a acampar. Tal vez jamás volvamos. En tal caso no nos busquen: nunca pretendimos perdurar.

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Ayer por la noche, no muy lejos de la casa, alguien disparó indiscriminadamente contra personas en restaurantes, cafés y bares sobre The Danforth, una avenida central del lado oriental de la ciudad que concentra todo tipo de negocios. Por lo pronto tres personas, incluyendo el pistolero, han muerto. Las otras dos son una mujer de dieciocho años y una niña de diez. Hay bastantes heridos. En un video en línea se le ve caminar, detenerse y apuntar hacia adentro de un local. Se escuchan dos disparos. El giro es mecánico (robótico). No hay pausa. Me intriga el gesto. Es como si al ejecutarlo evitara (o esquivara) la reflexión. Un movimiento predeterminado y autoimpuesto, descontextualizado, tal vez para facilitar el acto al abstraerlo y abstraerse (para no permitirse ver, para prevenir la consideración). Viste enteramente de negro, es alto y delgado, lleva una gorra del mismo color y una mochila a juego donde, supongo, guardaba sus proveedores. Si entendí bien su recorrido, pasó frente a nuestro restaurante griego de confianza. Disparaba contra las vitrinas y continuaba su marcha. Cada tanto cruzaba la calle y proseguía.

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Por fin ayer le quitaron el cono a Yōkai. Una vez más se puede bañar por sus propios medios.

Ayer también estuve en un evento sobre ética e inteligencia artificial. Los organizadores proponen un esquema de trabajo dentro de organizaciones que desarrollan herramientas de decisión automática basada en aprendizaje estadístico para detectar puntos débiles e intentar prevenir que se cuelen sesgos que promuevan inequidades. Todo muy a grandes rasgos aunque, supongo, con buenas intenciones. En el fondo está el concepto de privacidad por diseño que propone el desarrollo de mecanismos de defensa ética inherentes a la tecnología que garanticen privacidades y control individual de los datos personales por implementación en lugar de por legislación. Algo que me gustó de la presentación es la idea de que la tarea de quienes desarrollamos ese tipo de sistemas en contextos en los que las decisiones afectan sustancialmente la vida de la gente (no es mi caso por lo pronto, pero vivo cerca de esas técnicas y problemas) es usar estos métodos para cuantificar el pasado y, tal vez, proponer alternativas para un futuro que no reproduzca los desequilibrios y segregaciones que los datos históricos, comprimidos en modelos bien construidos, podrían revelar. El ejercicio se vuelve entonces diseñar y montar herramientas que usen estos modelos como imágenes diagnósticas que permitan aislar las diversas formas en las que las personas son excluidas o privilegiadas dependiendo de atributos más o menos arbitrarios y después, con esta información, proponer sistemas de decisión que cancelen o ayuden a revertir estas tendencias.

Al cierre hubo una mesa redonda que terminó centrada en el almacenamiento de datos a nivel masivo de comportamiento humano y cómo su recolección tiene consecuencias por fuera del ámbito de quienes aceptan que sus datos sean registrados. Con cada vez más sensores y más incentivos para capturar y apropiarse de segmentos amplios de las vidas ajenas como negocio y producto no parece haber suficientes mecanismos sociales y políticos de control para prevenir abusos. Tampoco es muy claro en qué consistirían. Se me hace que vendría bien dedicar esfuerzos serios en esa dirección.

A propósito de todo esto, el nuevo libro de Harry Collins que me enlazó Paola suena bien. A ver si lo leo pronto.

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Ayer leí Beverly y Sabrina de Nick Drnaso. La primera es una colección de relatos interconectados que sobrevuelan una red de relaciones sombrías entre niños y adolescentes de un pueblo del midwest gringo. La segunda usa los experimentos y recursos narrativos de la primera para contar una historia extensa sobre la atrocidad como entretenimiento viral, por decirlo de alguna forma. En ambas, Drnaso se basa en una narrativa escueta, de desencuentros y conversaciones a medias, de evasivas, donde la vida emocional de los personajes es inexpugnable y esto, se me hace, no es debido a peculiaridades de sus identidades sino a una imposibilidad esencial de base. Me recordó aspectos del cine de Lanthimos, pero donde este monta diálogos que demuelen todo filtro social concebible Drnaso acoge la represión rotunda, insalvable, que se manifiesta no solo en las palabras o su ausencia sino en el carácter esquemático de los dibujos, cercano al arte distante de las instrucciones para morir con dignidad en un avión. Son dos libros tremendos.

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Hoy, mientras esperábamos que llegara la visita para la piyamada de L., armé este cuaderno para jugar con procesos de Mondrian, esas distribuciones de árboles k-dimensionales desarrolladas por Dan Roy en su tesis doctoral de los que hablaba en esta entrada.

Más luego lo expando con árboles y bosques, que son la verdadera razón por la que este cuento me llama la atención. Por lo pronto solo la construcción básica que permite tomar muestras de la distribución dada una caja y un presupuesto así como expandir una muestra dada a una caja más amplia mediante por medio de la versión condicional.

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Se dictaminó que el cono persiste por una semana más. La recuperación sigue su curso, pero la doctora prefiere mantener una actitud cauta para prevenir lesiones. La gata lo lleva con la dignidad que le alcanza y lo contonea para ampliar su mundo mientras camina. Para compensar le damos comida especial. Mientras escribo esto descansa en mi pierna.

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La gata lleva una semana de cono tras la operación para esterilizarla. Su nuevo nombre es Campanita. Estuve el fin de semana pensando cuál sería el equivalente psicológico a esa sensación de llevar un cono. El cono limita el alcance pero incluso (y especialmente) el campo de visión. El mundo se cierra y la vida se confina a una perspectiva controlada que además de alguna forma dificulta la introspección y el baño. Esto último debe ser lo más difícil.

Y hablando del baño, tras dos semanas de vida plena y feliz, el tamagochi murió ayer desatendido y sepultado bajo su propia mierda.

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Disfruto levantarme, leer un rato en la sala bajo la luz callada de la madrugada (hoy sigo con Solnit en un ensayo sobre el cierre de la juventud y las vidas que se configuraban entre las ruinas de las ciudades perdidas que me recuerda la vista de la carcasa vacía del San Juan de Dios en Bogotá desde lo alto de un viejo convento devenido en refugio de ancianos abandonados), consentir a los gatos, jugar con la gata, moler el café, calentar el agua, fundir el café en agua caliente en la aeropress, preparar una omelette para L., la mezcla de olores en la cocina mientras la leche se calienta, mezclar la leche y el café en un recipiente de vidrio y después servirlos hecho uno en tres tazas mientras un huevo frito está en la cacerola y las tostadas encajadas y a punto de saltar para bienvenir el nuevo día. Mi pequeño (y voluble) ritual. De los pocos que me concedo.

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Lugares de los que llaman para robarme: Papua Nueva Guinea, Kaafu, Somalia, Burundi, Tonga, Comoros y, a veces, Ottawa. Alcanzo a ilusionarme cuando leo su proveniencia en la pantalla del teléfono. Imagino la aventura. Son llamadas perdidas por diseño; apenas repican un par de veces antes de colgar. Tres o cuatro al día. La tentación de responder, de atravesar la distancia y entender la razón de la pérdida, sostiene el negocio. Ni siquiera necesitan hablar.

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Seis años de hija. Lo mejor que me ha pasado en la vida.

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Algo que pensé mientras leía The Outsider, de Stephen King: lo sobrenatural es una explicación latente. No es renuencia o negación, sino la alternativa ahora inaceptable aunque tal vez preferible cuando los postulados que sostienen la realidad colectiva entran en contradicción. Esto puede ser debido a límites de la percepción pero también a nuestros grados de libertad autoimpuestos, o a las debilidades de la mente (¿o la cultura?) y su necesidad fisiológica de entender y estructurar de acuerdo a parámetros simples. Los verdaderos monstruos aprovechan nuestra resistencia a concebirlos, a concederles presencia, para servir de cauce a sus barbaries. Son poderosos porque no creemos en ellos (o en lo que están dispuestos a hacer). Nunca los vemos llegar. Somos su principal coartada.

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Creo que ya cumplí diez años de salir del postgrado. Arranqué en 2001 y en diciembre de 2005 empecé una pausa en España que duró dos años y medio. Durante el segundo semestre de 2007 retomé y en 2008 saqué la vaina por fin. Fue una buena experiencia en general, enriquecedora, iluminadora, pero en cuanto a lo que importaba me quedé sin entusiasmo a la mitad; me empezó a saber a nada. Creo que nunca logré recuperar el gusto por esas pesquisas de abstracciones tan solitarias. La enseñanza, eso sí, nunca la he dejado de apreciar. Y la matemática como campo de conocimiento, como parque para pasear y entretenerse, me sigue pareciendo emocionante. Tal vez no debí haber continuado pero tampoco había alternativas claras y terminar me dejaba en un lugar más cómodo para buscar oficio. Igual costó a la larga, aunque creo que más que nada por razones emocionales, por orgullos, por expectativas y exigencias propias. A esos años formativos les debo bastante de lo que soy ahora.

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Anoche empezamos a ver Westworld después de meses de conversaciones con Daragh (cada vez más entusiasta) al respecto. Me gusta mucho esa perspectiva que empieza a ser explícita a partir del capítulo tres o algo así sobre el valor de la memoria y especialmente de la memoria dolorosa, de lo que se pierde cuando se renuncia a recordar. Los anfitriones son más reales cuando son expuestos a una experiencia traumática, sugiere uno de los huéspedes, pero la experiencia es inmediatamente negada por el sistema del parque. Que la consciencia surja de permitir que fragmentos de estas sensaciones subsistan por error, así sea atenuadas y difuminadas, es una idea inspiradora. Tiene sentido.

10

You Were Never Really Here es la presencia de Phoenix hecho inmenso y cómo su mirada muerta canaliza lo que no se ve, lo que pasa sin registro. La mirada muerta, cansada de incomprender, acumula y concentra la desolación que marca el paso de la película (llena de tomas estáticas y paisajes urbanos congelados) al ritmo de canciones viejas y música incidental quebrada, fuera de tono, de cuerdas reventadas y caídas súbitas, en concordancia al estado fragmentado del personaje que, tal y como el título sugiere, nunca está completamente ahí.

9

Desde el domingo vamos a la piscina una hora cada día. No sé cuánto aguantemos (aguante) a este ritmo. Creo que sumando la bicicleta y esto nunca había hecho tanta actividad física regularmente en mi vida. No me imagino cómo será eso de ir al gimnasio a diario.

Pero bueno, a lo que iba: ayer la hija nadó un trecho más largo de lo usual de un solo golpe, sacó la cabeza del agua y dijo en mi brazos, más para ella que para mí, “That was awesome!”.

Yo con el orgullo paternal al máximo, obvio.