Rango Finito

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Palabras

Escojo las palabras con cuidado para no decir lo que pienso.

Automático

Alguna vez había podido ninguna residencia de la guerra. En el cementerio de ciento volviendo en punta exasperante, pero ella se había podecido carta, y no valía a concebir el turno como si y la boca, ella lo apeligraba por sonrión era la porquestía de los meses, muy bien, ya como los barrillaron por miseración: el mismo hija, pero no había estado sino capaz de mediantenía en toda dominicación, porque antraría de oír. El coronel la vio ella estuviera menos can alarmados. Había suicedido.

Cuando despirtió litava en los niños de la camida de Melquíades, y los pretextos terrentinezos, y atrabarables de la promusa de los treavías aletidas por las lámparas para inventarle. Después de todos todos fueran insectos los deseos habían de ser el hilo, completo en la rapa carcas de pausalia, y continuobados en cuando se entendió siempre que éste ofuscaba por la ventana, ella la buscó de varias sorbeandejosas enfermedades de anís, en lá treino de colores de los ricos y saliartas tantos chiplantes. Ogurieron divertida por presco y como que todo así que había salido en púltozo con el cifre contemplar con un mataráf que les revolvía los buques, les apagaba. Así que llemó el galle asustado: «He aquella viaja Saríver», dijo. Lorenza Daza entre pientes de cubuela en sus hijos: la voz, pero soportó la novedad estaba dormida de la poco, de mierda, llamaba en dormir, con más fuerdas arratados, un puerto de piedad tres años destaban de donde supiera en un mangoído sorio de la noche anterior, ruidosas hasta la tierra.

Disonancia

Mientras espero en un semáforo (siempre en el semáforo) siento un olor familiar penetrante y delicioso que identifico como el característico de alguna de las varias queserías que frecuentaba en Lyon. Me ilusiono y alcanzo a imaginar el queso cremoso y gris sobre el pan y el sabor a (estado de) bienestar al morder. Todo eso imagino y añoro a través del olor antes de descubrir que proviene de un camión de la basura pestilente que me acaba de pasar. La repugnancia, confundida, tarda un rato en llegar.

Exclusivo

Todo tipo de fuerzas (algunas más sutiles que otras) promueven la exclusividad como aspiración: lo importante no es tener, eso ya no es suficiente, sino tener y saber que otros (tantos como sea posible) no tienen. Sin esa certeza la satisfacción (no lo dicen, nunca lo dirían, sólo lo hacen sentir) no puede ser plena. El (dudoso) éxito y la (odiosa) clase se miden por la cantidad de exclusividades acumuladas y expuestas: colegios, parques, piscinas, conjuntos cerrados, vehículos, calles, sirvientes, comidas, fiestas, reuniones, contenidos, información, accesos a servicios. A veces, por disimular, esta aspiración (a aislarse y excluir) se excusa como la única forma sensata de garantizar seguridad, tranquilidad o calidad. Compartir es riesgoso e ingenuo. Ser solidario es una debilidad idealista.

Es una forma de pensar/modelo de vida que hay que resistir. Nos encierra y entristece.

Trabajo

Escribir una clase que haga algo sencillo bien, de forma verificable. Y después escribir otra. Y otra más. Escalar sobre ellas.

Pensar

Me intriga la confianza que las personas tienen en sus pensamientos. Dicen que los sentimientos son primarios (como en primitivos), pero por alguna razón los pensamientos merecen un estatus superior. Supongo que esto está relacionado con la idea de que lo que quiera que emana el cerebro (los sentimientos vienen del vientre) es si no objetivo por lo menos racional. Esta, de paso, es la razón por la que es tan complicado darse cuenta de que uno está loco: la realidad es lo que el cerebro construye ante los estímulos que recibe. Cuando el cerebro falla la realidad que construye se adapta y es de repente, desde adentro, igualmente lógica y estructurada. El cerebro es un mago ante un espejo embelesado (y engañado) por sus propios trucos. Es práctico que sea así. Sirve para sobrevivir. Sería difícil llevar la vida bajo una duda constante en la solidez del pensamiento (o sea, en últimas, de la experiencia). Por otro lado suena absurdo que un sistema biológico tan complicado no falle regularmente. Y obviamente que falla: por eso uno termina a los veintitantos borracho en condiciones lamentables de rodillas en un baño ajeno llorando sin saber por qué. Pero tal vez pasa con mucha más frecuencia de la que el orgullo (o algo así) permitiría admitir. ¿Cuántos pensamientos son pensados (¿Qué quiere decir pensar?) y cuántos son mero ruido producido por desequilibrios químicos momentáneos o potenciales eléctricos alterados? (¿Y entre esos dos extremos qué más hay?) ¿Cuántas de las conclusiones internas tajantes que suenan tan obvias e inapelables merecen toda la resolución que con frecuencia originan?

Foto

Busco una foto vieja de una hilera de hombres de rodillas esperando al verdugo que va a cortarles la cabeza con una macheta. La foto atrapa una decapitación a medio terminar y también la cara de horror lloroso del hombre justo al lado del decapitado a medias. Creo que fue tomada en algún país del sureste asiático. Hacía parte de la colección de Show No Mercy, un sitio noventero especializado en violencia gráfica.

Por andar buscando esa foto he terminado viendo vainas que preferiría nunca haber visto.

Luz

Mientras esperaba a que cambiara el semáforo, un señor barbado en medias sentado en el piso en la esquina de la calle del Rey y Yonge se levantó, caminó hacia mí y me entregó una luz para bicicleta que se había encontrado tirada por ahí. “Tómela”, me dijo, “yo no la necesito”. Me mostró que funcionaba e insistió. La recibí incómodo, sin saber muy bien qué decir. Se despidió con un “Que tenga un buen día” mientras volvía a sentarse en su esquina, sobre un cartón, al lado de un vaso vacío de Tim Hortons.

Rabo

Recordé hoy ese rabo de caucho negro a veces con bandas amarillas (¿o relámpagos?) de un par de centímetros de ancho y unos treinta o cuarenta de largo que algunos carros llevaban en Bogotá a un lado atrás durante los años ochenta. Creo que pretendía corregir un defecto relacionado con electricidad estática (tal vez debida a la resequedad de la ciudad de entonces) pero era un aditamento, no algo que viniera con el carro. Recuerdo, aunque este podría ser un recuerdo falso, a mi mamá haciendo la vuelta para instalarlo en el Fiat que teníamos durante nuestros últimos años en Bogotá, antes de irnos para la costa. ¿Qué sería de la suerte de ese rabo? ¿Por qué artilugio invisible fue reemplazado? Claramente ya no existe y me entra la duda ahora de si alguna vez existió. ¿Qué problema solucionaba? ¿Era un problema real o imaginario? ¿Era mi problema o el de ellos?

Tres

Círculos

Por allá hacia la página ciento cincuenta de At Night We Walk In Circles, cuando ya estoy más que comprometido con lo que quiera que va a pasar (nada claro en ese punto), se me mete en la cabeza que la historia que leo (la tragedia con tono documental íntimo de tres teatreros en una gira nostálgica por las sierras andinas de un país sudako cualquiera arrasado por el plomo y la miseria) tiene que ser verdad. Sé que no es verdad, al menos no literalmente, pero algo adentro se resiste a descreer. Tiene que ser verdad (tal y como es contada) porque quiero que sea verdad aunque no sé para qué ni en qué sentido me afecta (aunque lo hace). Tan es así que en algún momento hoy en el tranvía miro el libro de costado y noto franjas negras demarcando ciertas páginas (al final resultan ser los cambios entre parte y parte) y me ilusiono con la idea de que hacia la número trescientos voy a encontrar (giro dramático definitivo) una serie de fotos y notas escuetas, casi clínicas, algunas transplantadas de portada de periódico sangriento, que convertirán a estos engendros hechos de melancolía densa y olorosa en unos señores falsamente sonrientes que todavía andan por ahí igual o más confundidos que sus versiones de papel. Esta esperanza me aterra y alivia cíclicamente hasta que me estampo de pleno contra el desenlace brutal. Me deja aturdido para bien.

Niebla

Ninguno de los personajes de Niebla al mediodía me llega a preocupar. Los conozco y veo pasar indiferente, sin ganas de verlos ni seguirlos, y lo que termina sosteniendo mi atención sobre la lectura resulta ser lo que no pasa, lo que solo es; la descripción de los paisajes que González arma para escenificar la historia, por ejemplo: las casas, los detalles de sus construcciones, sus jardines, las montañas que las rodean, la lluvia densa de la niebla, la humedad olorosa de la tierra y también la vista (en contraste) seca hacia el río Hudson congelado desde un balcón en Nueva York donde una profesora de literatura recuenta la relación de su hermano ermitaño con una poeta desaparecida que interpela desde ultratumba para corroborar (tal vez con demasiada insistencia) que su fama de idiota no era producto del rencor. Entonces leo la novela con el deseo de que no se esforzara en comprometerme y tensionarme con un crimen y unas relaciones que ni me intrigan ni me conmueven sino que más bien se quedara callada y me paseara por casas desiertas empotradas en las montañas, sin voces ni tramas, y de cuando en cuando si acaso me llevara a caminar por un cafetal donde cada hoja, cada bicho y cada veta de musgo reciba su reconocimiento justo y detallado. Eso me gustaría más.

Ruidos

Los ruidos que usted (usted) oye en el patio a esta hora o a cualquier otra hora pero especialmente a esta hora (y no solo en el patio ni hace como una hora) son el último (siempre último) recurso de la realidad para establecer una conexión sustanciosa y duradera con su consciencia (que es la consciencia de todos, o sea de nadie). Aunque mensaje, los ruidos no tienen significado para una estructura cognitiva limitada como la suya. De hecho, la realidad aprovecha esta imposibilidad esencial para acceder de forma directa a centros de proceso primitivos en su cerebro a cargo del (des)control de sentimientos y son esos sentimientos (de confusión, curiosidad, miedo, desolación, gozo, vértigo) y su imprecisión lo más parecido a una interpretación del código una vez es asimilado fisiológicamente. En breve, los ruidos dicen, reiteran y refrendan la impermanencia intrascendencia como condición fundamental para existir.

Meditación

Por lo general cuando intento practicar el ejercicio básico de meditación que consiste en acompañar la respiración termino casi sin notarlo controlándola para que adopte un ritmo falsamente natural que facilite mi conteo y reduzca así la probabilidad de desvarío. En lugar de permitir que las inhalaciones y exhalaciones se sucedan de acuerdo a lo que pide el cuerpo, las regulo para que se adapten a mis expectativas y es en esa regulación y no en la respiración donde concentro mi atención. Inicialmente procuraba combatir esa pulsión pues la consideraba contraria al propósito de la tarea, pero pronto noté que resistirla la intensificaba, así que ahora sólo me alejo y la miro ser sin confrontarla ni cuestionarla, con curiosidad, como una rareza fisiológica más que no me pertenece, apenas me alberga, otra que también se irá cuando deje de respirar.

Muerte

Me pasa que voy en la bicicleta por la calle del Rey y cruzo una avenida con el semáforo y las sacrosantas leyes del tránsito a mi favor y mientras cruzo la avenida a buen paso, con el dedo pulgar enganchado en el timbre y la mano derecha tensionada sobre el freno en caso de que TODO salga MAL, pienso que TODO efectivamente va a salir MUY MAL y un carro o tal vez un camión de bomberos se materializará a toda velocidad para estamparme justicieramente contra el éter (en el mejor de los casos) u otro objeto más sólido (en el peor). Al terminar de cruzar la avenida agradezco con alivio el perdón concedido y reconfirmo que tal vez todavía me falte algo por hacer en este cuerpo, pero la certeza sólo me alcanza hasta la siguiente intersección, donde encaro de nuevo mi muerte cierta e imaginaria con la misma resignación con la que enfrento a diario todo lo que me sepa a vida.