Rango Finito

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Foto

Busco una foto vieja de una hilera de hombres de rodillas esperando al verdugo que va a cortarles la cabeza con una macheta. La foto atrapa una decapitación a medio terminar y también la cara de horror lloroso del hombre justo al lado del decapitado a medias. Creo que fue tomada en algún país del sureste asiático. Hacía parte de la colección de Show No Mercy, un sitio noventero especializado en violencia gráfica.

Por andar buscando esa foto he terminado viendo vainas que preferiría nunca haber visto.

Luz

Mientras esperaba a que cambiara el semáforo, un señor barbado en medias sentado en el piso en la esquina de la calle del Rey y Yonge se levantó, caminó hacia mí y me entregó una luz para bicicleta que se había encontrado tirada por ahí. “Tómela”, me dijo, “yo no la necesito”. Me mostró que funcionaba e insistió. La recibí incómodo, sin saber muy bien qué decir. Se despidió con un “Que tenga un buen día” mientras volvía a sentarse en su esquina, sobre un cartón, al lado de un vaso vacío de Tim Hortons.

Rabo

Recordé hoy ese rabo de caucho negro a veces con bandas amarillas (¿o relámpagos?) de un par de centímetros de ancho y unos treinta o cuarenta de largo que algunos carros llevaban en Bogotá a un lado atrás durante los años ochenta. Creo que pretendía corregir un defecto relacionado con electricidad estática (tal vez debida a la resequedad de la ciudad de entonces) pero era un aditamento, no algo que viniera con el carro. Recuerdo, aunque este podría ser un recuerdo falso, a mi mamá haciendo la vuelta para instalarlo en el Fiat que teníamos durante nuestros últimos años en Bogotá, antes de irnos para la costa. ¿Qué sería de la suerte de ese rabo? ¿Por qué artilugio invisible fue reemplazado? Claramente ya no existe y me entra la duda ahora de si alguna vez existió. ¿Qué problema solucionaba? ¿Era un problema real o imaginario? ¿Era mi problema o el de ellos?

Tres

Círculos

Por allá hacia la página ciento cincuenta de At Night We Walk In Circles, cuando ya estoy más que comprometido con lo que quiera que va a pasar (nada claro en ese punto), se me mete en la cabeza que la historia que leo (la tragedia con tono documental íntimo de tres teatreros en una gira nostálgica por las sierras andinas de un país sudako cualquiera arrasado por el plomo y la miseria) tiene que ser verdad. Sé que no es verdad, al menos no literalmente, pero algo adentro se resiste a descreer. Tiene que ser verdad (tal y como es contada) porque quiero que sea verdad aunque no sé para qué ni en qué sentido me afecta (aunque lo hace). Tan es así que en algún momento hoy en el tranvía miro el libro de costado y noto franjas negras demarcando ciertas páginas (al final resultan ser los cambios entre parte y parte) y me ilusiono con la idea de que hacia la número trescientos voy a encontrar (giro dramático definitivo) una serie de fotos y notas escuetas, casi clínicas, algunas transplantadas de portada de periódico sangriento, que convertirán a estos engendros hechos de melancolía densa y olorosa en unos señores falsamente sonrientes que todavía andan por ahí igual o más confundidos que sus versiones de papel. Esta esperanza me aterra y alivia cíclicamente hasta que me estampo de pleno contra el desenlace brutal. Me deja aturdido para bien.

Niebla

Ninguno de los personajes de Niebla al mediodía me llega a preocupar. Los conozco y veo pasar indiferente, sin ganas de verlos ni seguirlos, y lo que termina sosteniendo mi atención sobre la lectura resulta ser lo que no pasa, lo que solo es; la descripción de los paisajes que González arma para escenificar la historia, por ejemplo: las casas, los detalles de sus construcciones, sus jardines, las montañas que las rodean, la lluvia densa de la niebla, la humedad olorosa de la tierra y también la vista (en contraste) seca hacia el río Hudson congelado desde un balcón en Nueva York donde una profesora de literatura recuenta la relación de su hermano ermitaño con una poeta desaparecida que interpela desde ultratumba para corroborar (tal vez con demasiada insistencia) que su fama de idiota no era producto del rencor. Entonces leo la novela con el deseo de que no se esforzara en comprometerme y tensionarme con un crimen y unas relaciones que ni me intrigan ni me conmueven sino que más bien se quedara callada y me paseara por casas desiertas empotradas en las montañas, sin voces ni tramas, y de cuando en cuando si acaso me llevara a caminar por un cafetal donde cada hoja, cada bicho y cada veta de musgo reciba su reconocimiento justo y detallado. Eso me gustaría más.

Ruidos

Los ruidos que usted (usted) oye en el patio a esta hora o a cualquier otra hora pero especialmente a esta hora (y no solo en el patio ni hace como una hora) son el último (siempre último) recurso de la realidad para establecer una conexión sustanciosa y duradera con su consciencia (que es la consciencia de todos, o sea de nadie). Aunque mensaje, los ruidos no tienen significado para una estructura cognitiva limitada como la suya. De hecho, la realidad aprovecha esta imposibilidad esencial para acceder de forma directa a centros de proceso primitivos en su cerebro a cargo del (des)control de sentimientos y son esos sentimientos (de confusión, curiosidad, miedo, desolación, gozo, vértigo) y su imprecisión lo más parecido a una interpretación del código una vez es asimilado fisiológicamente. En breve, los ruidos dicen, reiteran y refrendan la impermanencia intrascendencia como condición fundamental para existir.

Meditación

Por lo general cuando intento practicar el ejercicio básico de meditación que consiste en acompañar la respiración termino casi sin notarlo controlándola para que adopte un ritmo falsamente natural que facilite mi conteo y reduzca así la probabilidad de desvarío. En lugar de permitir que las inhalaciones y exhalaciones se sucedan de acuerdo a lo que pide el cuerpo, las regulo para que se adapten a mis expectativas y es en esa regulación y no en la respiración donde concentro mi atención. Inicialmente procuraba combatir esa pulsión pues la consideraba contraria al propósito de la tarea, pero pronto noté que resistirla la intensificaba, así que ahora sólo me alejo y la miro ser sin confrontarla ni cuestionarla, con curiosidad, como una rareza fisiológica más que no me pertenece, apenas me alberga, otra que también se irá cuando deje de respirar.

Muerte

Me pasa que voy en la bicicleta por la calle del Rey y cruzo una avenida con el semáforo y las sacrosantas leyes del tránsito a mi favor y mientras cruzo la avenida a buen paso, con el dedo pulgar enganchado en el timbre y la mano derecha tensionada sobre el freno en caso de que TODO salga MAL, pienso que TODO efectivamente va a salir MUY MAL y un carro o tal vez un camión de bomberos se materializará a toda velocidad para estamparme justicieramente contra el éter (en el mejor de los casos) u otro objeto más sólido (en el peor). Al terminar de cruzar la avenida agradezco con alivio el perdón concedido y reconfirmo que tal vez todavía me falte algo por hacer en este cuerpo, pero la certeza sólo me alcanza hasta la siguiente intersección, donde encaro de nuevo mi muerte cierta e imaginaria con la misma resignación con la que enfrento a diario todo lo que me sepa a vida.

Motivos

—Dígame su nombre, apellido y documento de identidad para el registro, por favor.

—Tulio Molina, mi señora, cédula de ciudadanía 56.432.194 de Tunja.

—¿Es consciente, señor Molina, que para esta declaración está bajo gravedad de juramento?

Es una mujer morada, asfixiada por la miseria de ese tribunal adjunto a la cárcel de menores. Tiene un vestido morado horrible que apropiadamente decora con un par de aretes gigantescos de fantasía, también morados, y un peinado hacia atrás con un moño morado, por supuesto, y apretado, que fuerza toda la piel de su cara a mantener una posición fija, una sola expresión, una sola mirada, grave, feroz, hambrienta. Tulio es su desayuno.

—Sí—, responde Tulio, —sí lo sé.

—Siendo así, ¿puede relatarnos entonces lo ocurrido el jueves pasado, 17 de septiembre del presente año?

Claro que Tulio puede. También puede hablarles de los días anteriores, de los días que seguirán y de los días cuando viva en una celda cuatro metros por tres, encerrado para siempre. Claro que Tulio se acuerda, ¿cómo no se va a acordar? El 17 de septiembre fue el día que Tulio decidió matar a su cuñado para quedarse con la casa, para saldar sus deudas, para que las niñas tuvieran las bicicletas que querían y Agustín, su hijo mayor, pudiera ir a la universidad. También para poderle comprar a Olga, su hermana, el collar que le había prometido y de paso liberarla de ese hijueputa que le pegaba. Para las deudas, principalmente, pero también para todo lo demás.

Máquina

No sé por qué no empecé a hacer esto antes:

Me gusta mucho el viaje al trabajo en bicicleta. Es agradable y me toma por ahí veinte minutos menos que el recorrido en el tranvía. Todavía soy bastante precavido y me gusta andar despacio pero la sensación de ir acompañado por otros (muchos) en el mismo plan ayuda a ganar seguridad. Montar en bicicleta para ir y volver del trabajo durante esta época parece ser una actividad tremendamente plural, con lotes intermitentes que se guían y respaldan mientras avanzan por la infraestructura a medias que la ciudad ofrece (con algunos tramos dedicados muy bien demarcados y otros entre inexistentes y abandonados). Intentaré continuar usándola mientras el tiempo lo permita. De paso hago algo de ejercicio.

Abuela

Durante su último mes en este planeta mi abuela se esforzó todo lo que pudo por mostrarnos que estaba todavía con nosotros. Su cuerpo le había fallado pero ella seguía presente, atenta, consciente, orgullosa, adolorida pero tranquila y de buen humor, a cargo de su vida. Hace una semana intentó pararse y escribió su nombre torpemente con su mano izquierda. Se rió de su torpeza. Un trombo a principios de enero le había paralizado el lado derecho del cuerpo y la había dejado sin habla y a nosotros sin su voz. Una de las primeras cosas que hizo cuando despertó en el hospital fue sacarse, con una sonrisa desafiante, el tubo nasogástrico que le habían puesto. Así empezó a irse: en sus términos. Esta madrugada murió en su cama.

Ahora me recuerdo pequeño junto a Sergio acompañados por ella en el parque de la Bella Suiza. Nos enseñaba a montar en bicicleta. Corría detrás de nosotros sosteniendo la silla. “¡Dele, mijo, yo lo tengo!” decía. Y nos tenía.

Y también pequeño, siempre pequeño a su lado, en la mecedora de su cuarto, enruanados ambos, conversando mientras veíamos telenovelas. Riéndonos de bobadas. Discutiendo política. Recordando su vida, ese pasado del que todos nosotros veníamos, el que cargamos en su mitocondria. Era nuestro momento diario.

Vivió muchos años, casi cien, todo muy buenos y mayoritariamente felices. Vio el siglo veinte pasar. Nació al final de la primera guerra mundial en un pueblo de Santander. Llegó a Bogotá a estudiar de interna en el colegio que después se convirtió en la universidad pedagógica. Conoció a Arturo estudiando matemática y física ya en la universidad en los cuarenta. Trabajaron como maestros. Ambos exigentes y comprometidos. Tuvieron siete hijas y un hijo que heredaron su rebeldía tranquila y su disciplina. Se acompañaron. Gozaron con sus nietos y las caminatas cada fin de semana por los naranjales. Fue la última de sus hermanos en irse. Mi abuelo la dejó hace veintitantos años pero desde entonces siempre estuvo acompañada por sus hijos y sus nietos, que casi ritualmente se congregaban en su casa cada domingo para comer y conversar. Viví cinco años con ella cuando regresé a Bogotá a estudiar. La conocí bien, o tan bien como ella permitía desde su distancia. Cada día la oí levantarse temprano a exprimir un vaso de jugo de naranja para mí. Cuando me fui de Colombia en 2001 la llamé desde un teléfono público del aeropuerto para despedirme otra vez. Fue lo último que hice. Cada vez que volví hice lo mismo. Estar en su casa me tranquilizaba. Era mi casa también. Verla era lo que más me gustaba de visitar Bogotá.

Veo en Laia a mi abuela. La veo cuando come mandarina con gusto, apasionadamente, tres mandarinas en minutos. También cuando pide “dulcecitos”, cuando rechaza cualquier ayuda con un “¡yo sola!” y sobre todo cuando acepta a regañadientes, con incomodidad más que evidente, mis abrazos y besos. No sé cómo lo lograba pero siempre me hacía sentir tonto y al tiempo bien encaminado. Me animaba. Lo mismo logra Laia, ahora que lo pienso. Creo que estaba orgullosa de todas esas personas que habían salido de ella. Nosotros éramos su felicidad y eso espero que sigamos siendo incluso ahora que se fue. Le debemos eso y todo lo demás. Somos ella.

Precauciones

Con frecuencia conversamos con Laia sobre las diferentes amenazas que nos esperan afuera y la reacción adecuada en cada caso. Por lo pronto, la amenaza a la que más discusiones le hemos dedicado es, de lejos, el encuentro callejero con un Tiranosaurio Rex inmenso. Estamos preparados.

One of us

Vollmann on Copernicus:

I myself can’t help but wonder how high his aspirations were. I imagine him sincerely hoping to solve all celestial problems, to save the appearances and likewise to explain them. I see him as one of us, a man who lived on Earth and will not come again, a man whose dreams were greater than could be achieved, a lost one, enchanted by something beyond him, a man who gave his best to something, died, and left his accomplishment rusting into obsolescence. He was long ago and we cannot remember more than scraps of him. And this is what it means to be one of us in this sublunary world, a person whose hopes will al sooner or later be superseded.

David

El domingo fuimos al supermercado y de camino paramos en una cafetería colorida del floreciente pequeño barrio indio. Un hombre en la cafetería nos preguntó si hablábamos portugués. Le dije que hablábamos español, español de Colombia. Ah, el mejor del mundo, exclamó. Eso dicen, le respondí.

Se llamaba David. Tiene unos cuarenta y tres años. Llegó a Toronto hace dos días después de vivir unos años en California. Aunque nació en Montreal, cuando sus papás se divorciaron fue enviado por su mamá a un colegio internado en Gales, así que habla con acento inglés de persona de bien. Me contó que adora Latinoamérica y que cuando tenía diecisiete años hizo una peregrinación hasta Machu Pichu desde Bogotá durante los años duros de Sendero Luminoso. Está convencido de que no fue secuestrado de milagro. Durante el viaje aprendió un poco de español de supervivencia pero cuando intentó practicarlo conmigo lo sentí oxidado. Mi familia es originalmente de España, me explicó. Nos expulsaron hace cinco siglos.

En su próximo viaje a Latinoamérica quiere conocer Chile. De Chile pasamos a hablar obviamente de campos de concentración y soldados alemanes que estaban asignados a los campos y que terminaron viviendo en Chile y Argentina. Me confesó que aunque los nazis mataron a setenta parientes suyos él no sentía rencor. Es un sentimiento que no le interesa cargar. No sabían lo que hacían, me explicó. Los comparó con las muchachos gringos que van a Afganistán.

Le pregunté qué lo traía de vuelta a su país de nacimiento.

Me contó que vivió algunos años en California trabajando en el cine como escritor y también como editor. Su visa de trabajo había expirado hace más de un año. Estaba hasta hace unos días en Inglaterra de vacaciones visitando a sus parientes y allá decidió que tal vez no era buena idea volver a California (temía problemas a la entrada) así que compró un pasaje a Toronto con el propósito de instalarse acá. Estaba en el proceso de importar sus pertenencias y su carro desde California. Le pregunté si había opciones de trabajo para él en la ciudad. Me explicó que aunque había varios estudios de cine no muy lejos del barrio (donde planea vivir — todavía no tiene apartamento — el domingo visitaría dos opciones en el área) él en realidad vivía de su trabajo como curandero. Qué tipo de curación hace, le pregunté. Flores, vibraciones de las esencias, energía cuántica, me dijo. Aprendió con maestros en Brasil y Australia.

Parecía un hombre profundamente solo y feliz.