No sé qué esperaba de mí. Una de las cosas de la identidad es que, si no se piensa demasiado al respecto, es posible vivir toda la vida convencido de que uno es el mismo que antes y lo que cambia (¡y cómo cambia!) es el mundo. Sin querer, sin notarlo, para mi bien, voy renunciando a todo lo que fui, a lo que quise y no tengo, a lo que esperaba de mí y no alcancé. Apenas quedan rastros en mi conciencia de lo que esperaba de la vida hace quince años. Y no es que no me reconozca o que no me recuerde, es que lo que soy se adapta a lo que tengo. Este mecanismo me permite vivir sin sentirme constantemente derrotado.