Fue como una distancia. Así. Sin adioses. Sin clausuras. Una oración sostenida entre lengua y garganta que no nace porque no hay aire a donde vamos, ni sol, ni cielo. Vamos hacia la distancia que nos espera con la esperanza de que al llegar, al reencontrarnos, recordemos.

A continuación algunos recuerdos en ningún orden en particular.

El primer recuerdo es la niña postrada ante el cilindro luminoso. Así la conocí.

El segundo es su voz en loop filtrada y recompuesta digitalmente para ser emitida sin parar a través de altavoces en un centro comercial, en el metro, en mi teléfono, y que sólo nosotros la escuchemos. Su voz de niña que entiende cosas que jamás podríamos entender y que nos habla como su fuera nuestra niña (gran) hermana mayor para decirnos que nos preparemos para eso que es imposible prepararse, que comprendamos que algún día tenía que pasar.

El tercero es la ventana del tren: las orugas gigantes que parecen campos de te, la gran montaña nevada dormida y amenazante, el humo de las fábricas en animación suspendida, la sensación de plenitud súbita ante el reconocimiento de la misión.

El cuarto es el día de mi nacimiento que es también el día de mi partida que es también el día que vi a mis papás por última vez y mis papás me dijeron que me extrañarían y me pidieron, me rogaron, que no los olvidara.

Podría seguir.