Estoy de nuevo en mis quince años. Veo televisión. En la televisión hay un hombre que promete milagros. El hombre nos dice que debemos creer y yo creo. El hombre nos pide que cerremos los ojos y nos tomemos el vaso de agua previamente tele-bendecido y le pidamos al Señor que se compadezca de nosotros, pecadores, y aprecie nuestro fervor y nuestro amor. Ámame, Señor. Protégeme, Señor. Auxíliame, Señor. Cúrame, Señor, que todo lo puedes. Heme aquí, Señor, dispuesto a recibirte en mí, a reconocerte como mi Salvador y mi Guía. Cierro los ojos con fuerza y enfoco mi voz hacia el cielo y pronuncio la oración en voz alta y con fe, pero no siento el abrazo del Señor. El Señor está ahora en ti, hermano, dice el hombre de la televisión, y aunque eso es todo lo que pido no lo siento: sigo vacío. Ya llevo quince años así. Esto no puede ser normal.