Voy a matar a un hombre. No es algo que me enorgullezca pero es algo que debo hacer. Usualmente le dejaría el asunto a los pelaos, que saben cómo van las cosas, que saben hacerlas bien, sin que se note, sin que llueva mierda, pero yo quiero que este muerto sea mío. Este es el muerto que he estado esperando, el que me debía la vida.

Cito al muerto en un restaurante. Lo llamo y le digo hermano, necesito verlo, tenemos que hablar, y yo creo que el muerto ya para ese momento sabe que está muerto porque primero se niega y me dice que si no se puede otro día, que preciso hoy es un día complicado para él, pero yo le digo que no, que yo no puedo esperar y el tipo es respetuoso y sabe lo que le conviene entonces accede con la esperanza, supongo, de que la obediencia le perdone la vida, pero no lo hará.

Me gusta tratar a mis muertos bien. Yo soy por encima de todo un caballero. El muerto no tiene familia pero tiene una mujercita que lo quiere, una costeña jovencita que vive en Chapinero. Antes de pegarle el tiro le digo que le escriba una carta y se despida. Es un detalle pequeño pero seguro que ella lo apreciará. Usted no tiene que quedar como un hijueputa que se fue sin despedirse, le digo. Diga que la quiere pero las circunstancias lo obligan a partir. Diga, escriba, que espera que el destino los vuelva a unir. ¿Usted cree en el destino, hermano?, le digo. ¿Usted cree que esto tenía que pasar? Yo sí.

El muerto come poco. Está nervioso. Casi no habla. Me deja hablar. Esto no me molesta porque yo me precio de ser un gran conversador. Le pregunto por sus negocios, me dice que todo está en orden. Le pregunto si sabe para qué lo cité. Le digo que voy a matarlo. Le explico con cuidado lo que vamos a hacer. Le garantizo que si hace lo que le digo no le dolerá y que debe estar agradecido conmigo de que no le haya mandado a los pelaos porque ellos no se pondrían con cortesías y comiditas, ellos lo agarran a en la puerta de la casa y le meten quince pepazos por la espalda y lo dejan tirado ahí en la acera ahogado en su propia sangre. Y eso duele, le digo. Usted no quiere eso.

El muerto llora y se orina en la silla donde lo senté. Le digo que se limpie esos mocos y sea hombre. Le digo que tiene que resignarse, que su destino era morir así. Me dice que él no ha hecho nada. Le digo que no se haga el marica. Me jura que él no ha hecho nada, que no entiende por qué lo voy a matar, que le explique. Me pregunta si quiero tener algo así en mi conciencia. Algo cómo, le pregunto. La muerte de un hombre inocente, me dice. ¿Cómo sabe que es inocente, le pregunto, si ni siquiera sabe lo que ha hecho?