Las conversaciones con la niña iban así: sonaba el teléfono (número desconocido), luego un clic al fondo y el eco, ese eco que era como aire. Ella me preguntaba si podíamos hablar. Me llamaba de madrugada. Me preguntaba si sabía con quién hablaba. A veces creo que lo preguntaba en serio, como si no supiera bien desde cuándo me llamaba. Sonaba como si lleváramos hablando toda la vida. O cómo si me extrañara, como si la enterneciera escuchar mi voz una vez más luego de muchos años. O como si apenas me conociera. Sin razón, sin orden. Era confuso. Con frecuencia me preguntaba si estábamos solos. Le gustaba insistir en esa pregunta. ¿Usted cree que estamos solos?, decía. Y al principio yo no entendía de qué hablaba, pero poco a poco a poco fue quedando claro que no se refería ni a mi soledad ni a la suya sino a la soledad, digamos, cósmica, a nuestros orígenes y nuestros futuros, al propósito último de esto. No lo sé, le respondía. Y luego ella decía, con la seguridad de su voz de niña eterna de nueve años que lo sabe todo pero no cree que sepa nada, que ella creía que estábamos mucho más solos de lo que pensábamos y era afortunado que estuviéramos cerca. Nunca me explicó a qué se refería. Creo que no estaba capacitado para entenderlo. Sólo cuando me consumieron la luz y la distancia lo pude ver con claridad desde allá arriba.

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