Mauricio cumple mañana treinta y cinco semanas de gestación dentro de la panza de Mónica. Ese número lo pone ya del otro lado. De aquí en adelante puede nacer en cualquier momento. La visita al ginecólogo esta mañana tardó un poco más de lo acostumbrado. Todo estaba bien. El bicho está en la posición recomendada y el corazón le late como debe. Mientras Mónica estaba en consulta ojeé una revista para padres. Aunque aparentaba ser una revista equilibrada, el target de la revista eran las madres: tanto el tono como la sobrepoblación publicitaria de toallas higiénicas lo ponían en evidencia. Había un artículo sobre los llamados roles de género. La pregunta en últimas era cuánto de eso viene hardcoded y cuánto es dependiente del medio cultural. El artículo, ligero, sugería que había cierta tendencia natural a favorecer algunas preferencias dependiendo del género pero a la larga la cultura (la crianza) era el factor fundamental a la hora de asentar el estereotipo (en otro artículo, independiente de este, decían que los niños criados por parejas homosexuales tenían una tendencia menor a encasillarse en el estereotipo). Una cosa de la que hablaban y que me pareció interesante es que niños y niñas tienen procesos de desarrollo cognitivo distinto y por eso los niños educados en salones de sólo niños (o sólo niñas) tienen, en promedio, mejor desempeño académico. De todas maneras, vale la pena preguntarse (o al menos eso me pregunto yo) si ese aumento potencial en el desempeño académico es suficientemente valioso a largo plazo como para sacrificar las habilidades de interacción social que generan los ambientes escolares mixtos. Por experiencia personal (o por ser una víctima accidental de la visión opuesta), pienso que a los colegios no se va tanto a aprender como a descubrir cómo vivir en sociedad (y adquirir de paso cierta ética de trabajo).