Recuerdo que un domingo hace varios años, en Barcelona, nos intoxicamos con un jugo de guanábana que hicimos al desayuno con pulpa de guanábana refrigerada probablemente por demasiado tiempo en una nevera pequeña que nunca se distinguió por su habilidad para la consevación de perecederos. Esa vez Mónica vomitó el desayuno entero en el tren de camino a la universidad (sí, ella también trabajaba los domingos) y yo tuve una sensación de malestar constante por un día y tanto. Aunque la sensación cedió, el jugo de guanábana sigue produciéndome cierta desconfianza literalmente visceral.