Me dice que siente la presencia de la muerte. Que el miércoles no más, por la mañana, llegó la policía a su casa a decirle que el vecino viejo del apartamento justo abajo del suyo estaba muerto. Fiel a la tradición europea, llevaba muerto varios días sin que nadie lo notara. De ahí el olor, sí. Pero ese no es su único encuentro reciente con la muerte. Hace cosa de un mes alguien fue asesinado en el edificio del frente. A bala. Un asunto de drogas. Y durante el último año varios accidentes han ocurrido en su esquina, lo que es sorprendente si uno piensa en el tamaño de la intersección. Es claro el patrón. Es como si la naturaleza quisiera decirle algo. Como si quisiera advertirle que está demasiado cerca de algo que no debería saber (¿Un teorema?, le pregunto. El teorema, responde), de la misma manera que en ese cuento de los hermanos Strugatsky del científico que se enfrenta al cosmos por el descubrimiento de la verdad última y el cosmos, en respuesta, contrataca con cataclismos.