Donde la profesora cuarentona de inglés de vestidos escotados y tacón descubre que una estudiante le escribe cartas de amor y lujuria particularmente comprometedoras y no sabe qué hacer con ellas porque en el fondo se siente halagada por el deseo de esta adolescente que la mira con los ojos que hace años su marido decidió dedicarle sólo a la pantalla de su computador, pero por otro lado sabe que cualquier muestra de interés de su parte sería causal inmediata de despido, desprestigio y probablemente divorcio, un riesgo que ella, a su edad, no puede darse el lujo de tomar.