Primera sesión del curso de parir. Diez parejas y una mujer sola en un salón pequeño por dos horas dedicadas a atender las recomendaciones de K., que trabaja en la sección de partos del hospital y sabe cómo va la vaina. Mi primera impresión es que la clase sirve al propósito de hacernos sentir que no nos resignamos a la espera sino que hacemos algo, que el hijo en camino nos preocupa y por eso invertimos tiempo y dinero en que tenga un nacimiento educado. Nos sacrificamos. Supongo que el dinero es lo más importante. Sin el desembolso probablemente seguiríamos sintiéndonos vacíos. Por otro lado, las sesiones sirven como una terapia de pareja colectiva para resolver, en un ambiente relajado y público, los pequeños conflictos maritales que surgen como consecuencia del embarazo. Hoy uno de los participantes se quejaba de que su novia lo había hecho remodelar media casa excusándose en un ansia incontrolable de anidar. Finalmente, me parece que el curso pretende que el futuro padre se involucre en el proceso y confronte la inevitable sensación de inutilidad que predomina a esta altura del viaje. Todo esto lo empacan entre discusiones sobre la respiración, las contracciones, los tiempos, el dolor (que luego todas mágicamente olvidan), los síntomas, los antojos y el color de la fuente. Al final nos sentimos igual de mal preparados pero mucho menos culpables.

(Al margen recomiendo este texto de Gloria.)