Un día tendremos que destruirnos, me dijo. Yo respondí que cuando ese día llegara pensaríamos al respecto y lo haríamos a lo grande. No escatimaríamos esfuerzos para que nuestra interdestrucción fuera no sólo digna sino gloriosa, algo para recordar. Bromeaba, claro. Yo pensaba que nos querríamos para siempre. Uno siempre piensa esas cosas. Hasta que llegó el día cuando tuve que cumplir mi promesa y sin chistar procedí: primero la destruí y luego me destruí a mí mismo, agarré mis cosas y me fui. No fue bueno. No fue feliz. No había gloria alguna ahí. Pero cuando me preguntan qué pasó con eso, por qué terminó así, siempre respondo que el nuestro fue un cierre convenido de antemano, algo que decidimos mucho tiempo atrás, cuando todavía nos queríamos y pensábamos el uno en el otro, así que si el cierre fue como resultó ser no fue por culpa del odio puntual del momento sino del amor de dos años atrás, cuando un cierre desapasionado nos parecía inaceptable dada la magnitud de nuestra historia. Hay que confiar en el amor, agrego, y la gente siempre asiente con respeto lastimero, como si yo acabara de regresar orgulloso y sin piernas de la guerra.