Estamos en esa fase en la que cualquier molestia se hace pasar por contracción. Pero Mónica tiene trabajo por hacer así que vamos al laboratorio a enseñarle a los ratones mutantes a reconocer la guarida placentera a punta de inyecciones de cocaína. Por la mañana, como parte del programa de anidaje instintivo patrocinado por las hormonas parturientas en las que Mauricio flota, Gonta y Plinio padecieron el consabido baño anual. Esta vez lo hicimos en el lavaplatos. Fue el primero de Gonta y el cuarto de Plinio. Creo que Gonta pensaba que lo íbamos a matar. Nos rogaba. Plinio ya está acostumbrado y se resigna. Gime un poco. Luego le toma un buen tiempo secarse por su tipo de pelo. Ayer instalé en una pared dos de esas repisas, no sé cómo más llamarlas, para poner libros de tal manera que parece que los libros flotaran. No son muy prácticas pero tienen encanto. Hace rato que quería unas. Antojos pendejos, sí. Hoy por la mañana montamos el palo para la cortina de la habitación. Por mí viviría sin cortinas pero Mauricio necesita un lugar oscuro para dormir. De vuelta de la universidad se largó un aguacero. Para no mojarlas, me quité las chanclas en el bus y caminé descalzo del paradero a la casa. Me recordó cuando llovía en Lorica y salíamos felices a mojarnos en la calle. Ojalá que uno pudiera regresar a voluntad a los nueve años de vez en cuando.