Fuimos al desayunadero que le gusta a Santiago. Es barato y bueno. Lástima que el jugo de naranja no sea de verdad. Pedí una omelette. Siempre pido omelette y luego me arrepiento porque todos los demás desayunos lucen más apetitosos que el mío. El mío es una omelette sin gracia. Sabe bien, pero no tiene el encanto de los poached eggs con jamón sobre la bagel. Creo que yo sé hacer omelettes mejores. También cometí nuevamente el error de pedir papas a la francesa en lugar de hash browns. El día empezó fresco pero hacia el medio día estaba haciendo un sol fuerte con nube blanca fluorescente (sospecho radioactividad). Los trenes llevan tanques con líquidos sin identificar. Me pregunto qué pasaría si se volcaran mientras cruzan la ciudad. ¿Infección? ¿Pandemia? ¿Intoxicación? Vivimos en un mundo peligroso. Todo se puede acabar en cualquier momento. Por la tarde estuve en casa mientras ellas estaban en el centro comercial. Me dio sueño y dormí un rato junto a los gatos. También leí. Regresaron hacia las ocho. Compraron un horno microondas grande. Comimos pastas. Ellas siguieron con lo de Andrés López y yo seguí con Plinio, que me parece más simpático. Ahora mismo hace mucho calor. Creo que me ducharé antes de dormir. Luego leeré un rato.