Dos abuelas sin su nieto duermen en la sala de mi casa. Una de las dos presenció con impotencia su partida. A la otra todavía le cuesta creer que no haya podido conocerlo. Hoy Mauricio Arturo cumpliría una semana de nacido. Habríamos ido con él a la estación de tren a recibir a mi mamá. Seguramente dormiría en este momento junto a mí. Hablaría, en esta entrada, del ritmo de su respiración y de sus gestos mientras duerme. Describiría sus manos. Mónica duerme a mi lado. Tiene la piyama que se puso en el hospital. Hace una semana regresé muy cansado a la casa más o menos a esta hora. Era el hombre más feliz de este planeta.