La matemática, insisto, es una actividad humana. Es social, se basa en el intercambio de conocimiento, de soluciones, ideas y problemas, en el desarrollo comunitario de proyectos intelectuales inmensos de naturaleza lúdica con submotivaciones estéticas. Casi nunca es un ejercicio individual. Es, por el contrario, el producto de una red de intercolaboraciones. Me gusta ver la matemática como la exploración de abstracciones sostenidas sobre contextos discursivos rígidos. Pero esa rigidez es fluida, es discutida, es parte de las convenciones acordadas socialmente que sustentan, enriquecen y embellecen el juego. La matemática no es una actividad de seres excepcionales. Buena parte de su desarrollo se debe a contribuciones pequeñas de personas con más pasión y disciplina que un talento innato extraordinario. Es desafortunado que la visión mística de la matemática como un asunto sobrehumano, de genios, inaccesible al hombre común, persista en el imaginario popular. Esta visión, compartida por buena parte de los profesores escolares de matemática, es parcialmente responsable de la aversión general que despierta la disciplina y que impide que herramientas valiosísimas y relativamente sencillas de análisis de situaciones e información estén por fuera del alcance de la gente. Contribuir a preservar esta idea, además de evidenciar una ignorancia lamentable, es irrespetuoso e irresponsable.