El problema general de Harry Potter es que los personajes viven en una dimensión emocional distinta a aquella donde transcurre la historia. Esta desconexión se ha hecho más patente a medida que los riesgos que enfrentan los personajes se han vuelto más serios. Con la llegada de la madurez, digamos, argumental, la vacuidad de los personajes queda flagrantemente al descubierto. (Lo anterior exceptuando, claro, a Snape, que tanto en el libro como en la película es el único personaje en una posición moral complicada y también el único que parece tomar decisiones que van más allá de sí mismo pero por desgracia no tiene la preponderancia que le permita guiarnos dentro del conflicto.) La señora Rowling, sentada en su chalet, hace lo que puede, que es poco, para que la gravedad de la situación quede en evidencia ante su incapacidad para hacernos sentir que los personajes la entienden y pueden transmitírnosla. Su solución es abusar de la muerte como recurso. Por eso las muertes gratuitas se aglopan en este último volumen (y seguirán aglopándose en el siguiente) hasta que pierden todo valor. Su propósito es convencernos a punta de golpes de que lo que presenciamos importa y estos muchachos, aunque no lo parezca, se están jugando la vida no sólo por ellos sino por nosotros, porque recuerden que es La Humanidad en pleno la que peligra si ElInnombrable y su séquito de pálidos Comemuertos destruye al intrigante (en su ingenuidad) NiñoQueVivió. Pero no, lo siento, no lo logra. El argumento y los personajes se cruzan ortogonalmente. Harry Potter no se respeta como narración. No cree en sí misma. No acepta que puede crecer. Se resigna y nos resigna.