Son caros los loros. Entre los ochocientos y los mil setecientos dólares dependiendo de la variedad. El empleado de Pet Mart les rasca la cabeza y los loros se retuercen del puro gusto. En la casa de mis abuelos en Cali había un loro que tomaba chocolate con pan y probablemente se sabía un par de canciones pero era agresivo y traicionero. En la casa del marido de mi mamá también había un loro y dos guacamayos que convivían más o menos pacíficamente. Cuando niño tuve pericos, pero nunca vivían mucho. Tenían la tendencia a morir ahorcados en circunstancias misteriosas que nunca investigamos a fondo. Son pocos los cordados no mamíferos que logran, con sólo la mirada, convencernos de que hay algo más que instinto adentro de esas cabezas. Los loros de Pet Mart nos miran desde sus jaulas y se acercan y si les hablamos nos vuelven a mirar, esta vez con más atención, como si en serio intentaran desentrañarnos. Mónica le rasca la panza a uno de los loros y juega con él. El loro, que es verde con plumas naranjas y grises, ejecuta en respuesta algunas acrobacias menores sobre la reja y luego silba, parece que se divierte a nuestra costa. Hay otro de cabeza amarilla que se baña al fondo. Abajo, en otra jaula, hay uno de una variedad enteramente gris y más grande que según Mónica es utilizada con cierta frecuencia en experimentos de neurociencias. Esos son los más caros.