Es miércoles, son las diez de la mañana, hace poco caía nieve ligera afuera, y este es mi reporte regular de supervivencia para acreditar que seguimos amarrados al tiempo. Antes de continuar bajé a entregarle el cheque de la renta del apartamento a la administradora del edificio, un gesto que se siente arcaico pero que le da cierto sentido de humanidad a un asunto que en muchos lugares ya se dejó, como tantas otras cosas, en manos de los bancos. Mónica me llama para que revise unos archivos en su computador. La imagen de fondo de pantalla es esta foto. Es imposible de creer que dos días más tarde Mauricio Arturo, el niño pequeñito y lindo-lindo que duerme a suspiros en mi hombro y al que todavía puedo sentir ahí si me concentro lo suficiente, estaría muerto (¡qué impotencia tan terrible me arrasa cada vez que lo pienso!), pero la imagen, volverlo a ver, siempre es reconfortante, nos consuela. Sirve para corroborar que vivió y estuvo con nosotros, que nos hizo felices. Esos pequeños rastros físicos de su presencia brevísima son nuestro paliativo para combatir el dolor que no se va. Ha pasado muy poco tiempo, muy poco. Ahí vamos. Cocinamos cosas, compramos cosas, hablamos, nos acompañamos, nos queremos. Ahí vamos. Ahí. Por las noches, antes de dormir, leo A Naked Singularity y Mónica lee la tercera parte de Millenium. Ya bajó el ritmo de lectura para que no se acabe tan rápido. De A Naked Singularity hablaré a fondo cuando lo termine. Por lo pronto sólo diré que es una de las mejores lecturas que me ha dejado este año tan agrio, tan dulce y tan confuso que ya casi se acaba y todavía no sé bien dónde me deja.

As the dawn began to break, I had to surrender. The universe will have its way: too powerful to master. What is love and what is hate? And why does it matter? Is to love just a waste? How can it matter?

—The Flaming Lips, In the Morning of the Magicians