A los doce años nadie sabe nada y creo que parte de las cosas que se descubren a esa edad es precisamente eso. Es frustrante al principio y después liberador. Al menos yo lo recuerdo así. Luego, como a los veinte años, se vuelve a sentir que se sabe todo y esa fase es más larga y engañosa. El golpe al final, creo, es lo que llaman adultez. Pero antes de eso todo el mundo tiene doce años y no sabe absolutamente nada de la vida. No sabe ni siquiera que se va a morir. No sabe que muchos que conoce se van a morir antes que él. No importa cuánto los quiera, se mueren. No hay nada que se pueda hacer. Es inevitable. Hay que sentarse en la casa de su papá a esperar a que llamen a decirnos que mi abuelo ya se murió para poder ir a la funeraria en Chapinero a llorar de verdad y arrepentirse por no haber querido saludarlo la última vez que lo visitó, por puro miedo de verlo así. Y no sabe ni entiende nada. Esperaba que el abuelo o la mamá o el amigo o el hermano vivieran para siempre. Esperaba que estas cosas tristes estuvieran fuera del alcance de su (mi) vida. Lo que se empieza a disolver a los doce años es la aparente perfección de esa vida idílica sobreprotegida donde nada malo nunca pasa. Pero a mí me parece que la caída de esa aparente percepción de perfección da paso a una nueva perfección un poco más equilibrada y duradera basada en el valor de lo que tenemos mientras lo tenemos. Las personas empiezan a importar más, el tiempo se siente y uno sigue sin saber nada, pero al menos ahora el mundo está ahí, afuera, por fin visible, para empezar a aprender.