En mi experiencia, esta es una costumbre transcultural. La he visto en baños públicos de diferentes países. No importa la calidad del baño ni su nivel de limpieza, siempre es posible encontrar un orinal con un chicle mascado. Realmente me cuesta imaginar el proceso mental que lleva a alguien, a un señor, dejémoslo claro, a entrar a un baño a orinar mascando un chicle y al mismo tiempo que orina decide, sin más, que tal vez el fondo de ese orinal, cubierto con el ahora omnipresente ambientador colorido de apariencia plástica (que recuerdo que en Colombia fue promocionado durante un tiempo, Dios sabe con qué propósitos oscuros, como una invención nacional), es el lugar idoneo para dejar el chicle desabrido y pálido mascado tal vez ya demasiadas veces. Una teoría es que el señor en cuestión supone (y ya ahondaré en las razones que respaldan esta suposición) que la urea es corrosiva y poco a poco descompone el pedazo de goma hasta que se esfuma limpiamente por uno de los agujeros del orinal y supera sin problema la delgadez de los ductos iniciales que conducen los fluidos a la línea de desagüe. Esta teoría se basa en creencia popular, que he podido constatar entrevistando a una decena de señores, algunos muy elegantes y otros no tanto, que cometieron el error de escupir un chicle justo cuando yo orinaba a su lado, de que el calor de la orina recién meada no es consecuencia de nuestra temperatura interna sino de una (potencialmente peligrosa) reacción exotérmica al entrar en contacto con el aire debida a la composición química del fluido excrementicio (valga anotar aquí que este mismo principio explica para estos señores la supuesta efectividad de la orina fresca para combatir las dolorosas quemaduras que producen las medusas al contacto con la piel). Los señores entrevistados la resumen como “Eso se va”. Pero, en fin, este razonamiento no explica el dilema moral subyacente, i.e. no explica por qué un señor prefiere el orinal a la basura que corona cualquier baño público respetable, recipiente este que, de ser usado como corresponde, asegura que su goma mascada será propiamente tratada y almacenada o reutilizada (Mi respuesta a esta cuestión es que el señor que escupe el chicle en el orinal al tiempo que orina es alguien ocupado que le interesa opimizar su tiempo de estancia en el baño ejecutando dos acciones de desecho, en principio incompatibles, al tiempo). Tampoco explica cómo conviven en su cabeza estas ideas sobre la complejidad química de la orina y la evidencia práctica de que no importa cuánto se orine directamente contra el chicle mascado este no parece ni siquiera perder su forma. Dicha observación trivial y reproducible a bajo costo cuantas veces sean necesarias en su bar de confianza debería conducirnos de inmediato a la deprimente conclusión de que en cientos de miles de baños públicos de este mundo triste existe una persona mal pagada (usualmente una señora, para colmo, porque a estas alturas de la historia el aseo todavía es mayoritariamente considerado una tarea de mujeres) que dedica un cierto porcentaje no despreciable de su tiempo diario a pescar chicles petrificados de orinales sucios. Me pregunto qué pensará esta persona sobre la humanidad.