Esto ya se llama primavera. Seis grados esta mañana al salir a coger el bus. Las flores explotan de repente en los antejardines y los árboles se llenan de cogollos tiernos y dispuestos a todo (pero especialmente a crecer) a cambio de un poco de sol. Por primera vez en lo que va del año dejé mi chaqueta de supervivencia polar en la casa. En clase discutiremos la representación de funciones como series de potencias y durante el viaje en tren redacté el resumen de mi charla del martes en McMaster. Ayer en televisión canadiense entrevistaban pasajeros recién llegados en un vuelo Tokio-Toronto. En su mayoría, muchachitas post-punk mimadas con tapabocas estilo japonés convencidas de que acababan de salvarse de terminar con rabo, tres tetas y poderes piro-telequinéticos por cuenta de la siempre inminente nube radioactiva. Las mamás, aliviadas de tenerlas de regreso, decían que en Japón los medios y el gobierno ocultaban la verdad: negaban los riesgos, aseguraban que no había nada que temer (a diferencia de los siempre confiables, mesurados y objetivos canales de noticias norteamericanos). Cunde la desinformación, y me temo que es parcialmente intencional: el pánico cautiva, sostiene al televidente frente a la pantalla a la espera (amenizada por los patrocinadores) de una nueva materialización del Horror ojalá peor que la anterior. Desinformar a costa de tragedias es un buen negocio.