Entonces. Sol esplendoroso versus nieve versus mocos que no me dejan respirar. Soy el señor de los mocos, deidad menor de mi panteón infantil, y me sueno en la ducha y en el lavamanos. Con agua, para no destruirme la nariz. He perdido amistades por confesar esto y mi matrimonio corre riesgo constante por esa misma razón. Mi costumbre de sonarme en la ducha mientras me baño, quiero decir. Creo que es una práctica de uso familiar, como levantar las manos en la ducha para recibir agua en los baños colectivos. Suénese duro, mijo, decía mi abuela. Y uno soltaba todo lo verde que tenía adentro sin pudor en ducha compartida con dos o tres primos más. El agua se lleva todo, era la idea. Pero entremos en detalles: para empezar, tengo los cornetes más grandes de lo recomendado por Dios, pero además mi fosa izquierda, por culpa del tabique curvo producto de un incidente de naturaleza parcialmente desconocida, sólo funciona a un treinta por ciento de su ya limitada capacidad. La derecha es mucho mejor en parte gracias a la misma curva pero, tal vez por eso, acumula muchos más mocos. El espectáculo no es agradable pero alguien tiene que hacerlo. Alguien tiene que liberarme, así sea por unos minutos, de mi congestión casi constante que se turnan amigablemente las gripas y mi rinitis. Me sueno primero a la izquierda. El esfuerzo por lo general me tapa los oídos. Siento que la cabeza va a explotar. En la derecha el fluído es mucho más suave pero también más abundante. Si estoy en la ducha me clavo el chorro directo contra la nariz hacia adentro y resisto. Dejo que el agua me limpie. Waterboarding ligero autoadministrado. Repito la operación. Se siente bien. Casi tan bien como estornudar con grito y sin contenerse. En los entretiempos leo. Hoy es mi día de descanso.