Penúltima clase. Pocas preguntas. Pocas respuestas. Leo varias reseñas al respecto de The Pale King. Pienso que tal vez debería postergar su lectura un rato, unos años, incluso, y decantarme por algún clásico reciente estilo The Recognitions para el verano (Andrés me sugiere el no tan reciente La Montaña Mágica). Le confío a mis estudiantes un secreto, algo sencillo pero importante que he aprendido con los años. Les digo: ¿recuerdan que en las películas los genios matemáticos miran el tablero y en el acto los números y símbolos se iluminan, giran, vuelan, se combinan y se reorganizan hasta que mágicamente aparece en el centro una respuesta? Pues eso no funciona. Les explico que garabatear fórmulas ordenadamente en un papel es un método mucho más eficiente para solucionar este tipo de problemas (si no todos los problemas). Igual ellos miran la integral inexpugnable en el tablero a la espera de una respuesta. Conozco esa mirada. Encarna una especie de fe juvenil en el poder y alcance de su propia inteligencia así como el desprecio a todo lo que implique esfuerzo. No los culpo, estoy seguro de que alguna vez yo también intenté resolver problemas a punta de miradas, desde la distancia, sin hacer nada. Como tantos otros adolescentes, estaba convencido no sólo de que podía mover cosas con la mente sino que buena parte de la realidad exterior era responsabilidad directa de mi mente, presta a ser alterada/perturbada/redefinida en respuesta a mi todopoderosa (y voluble) voluntad. No recuerdo cuándo aprendí que el mundo no funcionaba así. No fue hace mucho, probablemente.