La doctora me pregunta por qué casi no hablo del pasado. Le digo que ese es precisamente el punto de todo esto. Por eso estamos acá, ¿no? La doctora, una persona con un sentido más amplio del tiempo que el mío, no entiende porque siempre cambia, siempre es distinta, y cada vez que vuelve me obliga a reiterar lo ya dicho. Le explico a la doctora, a regañadientes, que mi pasado son cinco horas. No importa cuánto tiempo pase, siguen siendo cinco horas. Cinco horas que duelen y me llenan de ansiedad, no hay más. Es eso. El presente es la… la calma segura, la ausencia silenciosa del pasado, y el pasado son cinco horas en una sala de espera con música en los audífonos a todo volumen (para cortar la realidad, para negarla, para que sea otra) a la espera de noticias buenas (por favor, que sean buenas, que todo cambie, que esto no sea verdad) desde el otro lado de una puerta cerrada a la que hay que hablarle como a un oráculo para que eventualmente diga cosas horribles del estilo “Your son is sick, very sick” o “I think he’s not going to make it” o “He’s dying” o “Do you want to see him one last time?”. Mi pasado es tiempo compactificado en un momento largo (eterno) y mayoritariamente doloroso que no acepto, al que no quiero regresar y del que no puedo (ni quiero) escapar.

(Ship Garthsnaid, ca. 1920)