A finales de 2009 y principios de año pasado tuve una pequeña columna de opinión en El Espectador. (Mi favorita (que es una manera positiva de decir la-única-que-me-dejó-medio-satisfecho-y-me-atrevo-a-compartir) fue esta que escribí sobre las visitas de Vollmann a Colombia (creo que también fue la última).) La mayoría de las veces mi columna aparecía sólo en la edición digital pero creo que un par de veces salió con la edición impresa los sábados. Lo hacía por gusto (y por curiosidad). Quería escribir sobre todo al respecto de la relación entre tecnología, ciencia y sociedad (un asunto al que los medios colombianos, por desgracia, no le dedican mucha atención seria (que es una manera amable de decir que hacen un trabajo deplorable)) y pensé que llevar la columna era una manera de forzarme a hacerlo, de ganar disciplina y pericia para escribir prosa amena con propósitos divulgativos. Obviamente no me pagaban nada por eso (La única publicación colombiana que me ha pagado algo por un texto es la revista Arcadia). No llevo la cuenta de cuántas columnas escribí, no fueron muchas (intentaba publicar una cada dos semanas), pero recuerdo que sentí muy rápido que no tenía más que decir. De hecho creo que lo que sentí fue que nunca había tenido nada que decir, al menos no en el tono que se espera en una columna de opinión. Para escribir columnas de opinión hay que ser una persona convencida de cosas, ojalá de muchas cosas (o de una cosa que permita hablar de muchas cosas), o ser muy bueno fingiendo esos convencimientos, porque lo que quiere el lector de columnas de opinión no es que le den una opinión sino que le den la razón con contundencia en un asunto controversial, crítico (ya sea mediante la exposición del punto de vista propio que lleve a la autoadulación por coincidir con esos grandes pensadores y analistas de la-realidad-nacional-e-internacional, o por la exposición del punto de vista contrapuesto que despierte la (placentera) indignación y le permita sentirse mejor que el opinador, ese cretino hijueputa cínico vendido ruín y sin dignidad (todo es cuestión de polos; la razón, a la sazón, es bivaluada)). Los lectores de columnas de opinión (me incluyo) quieren juicios severos, constantes, sin demostraciones de fragilidad, sin dudas, de ser posible sin matices (no les interesa que les presenten un problema sino que les digan a quién (o qué) odiar/amar/culpar/perdonar/condenar/denunciar/aprobar/rechazar/defender/desecrar (un verbo que hace falta en español) y ojalá cómo), y para hacer eso con regularidad (una que otra vez cualquiera es capaz) se necesitan talentos que, aunque de cierta manera admiro y hasta envidio (acá un ejemplo y acá otro), ni tengo ni me interesa adquirir. Para decir insensateces insustentables con relativa impunidad y sin angustias ya tengo un blog.
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Este, ahora que lo pienso, es un resumen de una conversación que tuve con Óscar en noviembre, mientras caminábamos por Kiyomizu-dera.