Se murió Sidney Lumet. Hacía unas películas que me atormentaban mucho basadas en proponer disyuntivas éticas complicadísimas y medio imposibles de resolver sin tener que reconstruir desde escombros media estructura moral propia. Para católicos apóstatas llenos de culpas, cobardías y angustias como yo eso es casi cine de terror. El heroísmo, para Lumet, exigía ser consecuente. No había grandes premios al final más allá de cierta satisfacción por haber hecho lo correcto y no haber renunciado pese a la magnitud de la amenaza. La redención era una necesidad constante y presente, no una promesa. Los riesgos del héroe eran inmensos y en más de una ocasión sucumbía, pero incluso en el fracaso el héroe era admirable por su fidelidad a sus principios. Lumet no era un director de grandes ideas sino de preocupaciones inmensas, terribles. En sus películas había que tomar decisiones dolorosas y luego vivir con ellas. Los héroes de Lumet no vencían a sus monstruos. Su valentía consistía en negarse a ignorarlos, en señalarlos, o incluso en rendirse ante ellos sin jamás perder la conciencia de que estaban ahí. Nunca hay certezas. Todo siempre puede salir peor. Renunciar a la esperanza, empero, no es una opción.

You’re beginning to believe the illusions we’re spinning here. You’re beginning to believe that the tube is reality and that your own lives are unreal. You DO whatever the tube tells you: you dress like the tube, you eat like the tube, you raise your children like the tube, you even think like the tube. This is mass madness, you maniacs. In God’s name, you people are the real thing, WE are the illusion.