Por las mañanas, antes del desayuno, salgo descalzo a caminar por el patio, cerca a los gallineros. Es mi nueva costumbre. El prado siempre está mojado y frío a esa hora. Un perro me sigue. Toma un rato que los pies se habitúen, que deje de doler, pero luego la sensación de caminar junto al perro se torna placentera, suave, me despierta. Siento el quiebre del pasto podado a mi paso, la resistencia y el quiebre. Es temprano, muy temprano, y todavía no sale el sol. Pasan bandadas de ganzos hacia el norte. Me gustaría volar con ellos y salir de aquí. Hacerme pequeño y volar sobre un ganzo que me lleve al norte, más allá de los lagos, al reino de los osos. Aunque sería duro dejar al perro. Durante el desayuno oímos las noticias en la radio, entrevistan a los muertos, les preguntan qué se siente (morir), y los muertos no dicen nada. Sin las luces de los bombardeos durante la noche sería difícil creer que la guerra esté tan cerca. La doctora me pregunta por eso. ¿Dónde estaba cuando todo empezó? ¿Por qué no me gusta hablar de la guerra? Le respondo que tengo rabia, que estoy lleno de rabia, que intento mantenerme sereno y en control, fiel a las directivas del Programa, pero que en este momento sólo tengo rabia y no sé qué hacer con ella, no sé hacia dónde llevarla o sacarla para que sane y me deje vivir de nuevo. En busca de sosiego, voy a la sala de estudio y dedico la tarde a mis cálculos. Avanzo a marchas cortas. Sería más sencillo si tuviera la máquina conmigo. Debo verificar todo de nuevo a mano de acuerdo a las nuevas definiciones. Necesito cotas mejores si quiero proseguir. Necesito controlar el límite de expansión del modelo. Voy a la capilla antes de la comida. Me arrodillo en un reclinatorio por primera vez en veinte años y le pido a Dios que me dé sabiduría, que me proteja, que me saque de aquí, de mí.