La provincia de Ontario está repleta de templos Sikh en el medio de la nada. Hay uno a la salida de Kitchener, junto a un bosque virgen al lado de la vía del tren, y otro a campo abierto en una colina a un par de kilómetros de la universidad de McMaster. También hay uno cerca a nuestra casa en Londres. Algún día los exploradores de las regiones del norte, congeladas eternamente tras el holocausto nuclear o de neutrinos (mi favorito), descubrirán las ruinas de estas construcciones y no entenderán qué pasó, no sabrán explicarlo.

Una mujer vieja y ciega a mi derecha saca un diskman de su cartera y lo pone a funcionar con algo de dificultad. Una persona ciega con audífonos pierde el setenta por ciento de su contacto activo con el mundo, dicen los estudios. Esto les permite disolver su realidad a voluntad. El noventa y dos por ciento de los encuestados encuentra “placentera” y “deseable” esta sensación.

Las granjas rojas con tres o cuatro silos metálicos y un gran molino también intrigarán a los exploradores de las regiones del norte. Pensarán que son bases de despegue para la evacuación, o sitios de culto a los dioses luminosos en el cielo. Tal vez duerman un par de noches ahí antes de continuar.

Algún día todo esto será de los osos una vez más.