No pude dormir. Había personas afuera de la casa, cerca del portón, gritándole cosas al cielo. Hubo varios disparos. Oí mi voz. Estaba más furioso que de costumbre. No tenía sentido, no era justo. Entre la multitud vi al niño. Intenté llegar hasta él pero fue imposible. Quería protegerlo. Era mi responsabilidad. Era lo único que tenía. Pedí ayuda pero nadie entendía o nadie prestaba atención. Todo el mundo gritaba cosas rabiosas al cielo hasta que el cielo respondió. Con las alarmas vino el pánico y la huída. Pero no había refugios, no todavía, así que corrimos hacia las estaciones de tren más viejas y profundas, las que construyeron después de la primera guerra, y esperamos en silencio por años a que las alarmas dejaran de sonar.

[Flash 9 is required to listen to audio.]Javier Barría, La misma madera