La nueva literatura requiere que el escritor neófito se entrene en la redacción de ensayos, esa forma perdurable de pensamiento puro experimental. Sin esta habilidad, un joven escritor posmoderno debe resignarse a ser ignorado o declarado un paria intelectual por sus pares mejor dotados o con mejor publicista. Debido a lo anterior, y preocupado por mi futuro como joven (?) escritor posmoderno, a partir de hoy presentaré en este espacio ideas sueltas para ensayos que me servirán algún día de práctica para consolidarme y ser, por fin, respetado. Empiezo por uno que se me ocurrió esta tarde, mientras limpiaba la sala. La premisa principal de este ensayo es que el computador no fue la primera máquina espiritual. La aspiradora casera lo precedió por varias décadas sin hacer tanto bombo (la patente de la aspiradora ciclónica es de 1929). Quien dude de lo anterior debe hacer el experimento de utilizar a consciencia una aspiradora de buena calidad en su sala. Cuando digo de buena calidad me refiero a cualquiera que no sea esa aspiradora de cuarta marca DirtDevil® (la ele en forma de rabo demoniaco) que compramos en Walm-rt por error, embelezados por el precio en oferta y la promesa de que no necesitaba cables (era recargable). Cuando digo a consciencia me refiero a hacerlo concentradamente, con convencimiento, con disposición de servicio, entendiendo el proceso físico (hermoso en su sencillez) y con aprecio por lo que pasa mientras la aspiradora se desliza sobre el suelo, en mi caso de madera, y las partículas de polvo y la pelusa desaparecen en ese vacío prodigioso de succión mecánica. Valore, por favor, la compenetración que ocurre naturalmente entre el operario y la máquina; la, si me permite el atrevimiento, simbiosis ergonómica entre su brazo y ese artilugio incansable. Reconozca también, no es obvio, que a su paso (en plural) el espacio recorrido se limpia. No es brillo superficial, es limpieza objetiva, constatable. Valórela. Es suya (en plural). Piense en las implicaciones concretas (nada de simbologías ociosas) de este hecho. Piense en su papel, en el papel de la máquina y en el compromiso tácito que ambos asumen. Escuche con atención el ruido blanco hasta que el ruido sea El Universo. Despierte a la claridad de saber lo que hizo, lo que hicieron juntos, y no la pierda. Cultívela en usted. Ahora piense en la humildad/dignidad de su aspiradora (oculta sin opción en un armario) y compárela con el ansia constante de atención del computador, siempre exigiendo más y más de usted, nunca conforme con nada. ¿Quién es usted? ¿Quién preferiría ser? En el Walm-rt cerca de mi casa, las aspiradoras están al lado de los recipientes de plástico y no muy lejos de los grandes refrigeradores de (sospechosa) comida congelada, perdidas entre la infame megasección Hogar, mientras que los computadores tienen su propia sección exclusiva casi a la entrada, iluminados por una pared de pantallas de televisión (cada vez más grandes y vacías). Que las personas que se dedican profesionalmente al uso de aspiradoras industriales tengan vidas cinco (5) veces más satisfactorias que el resto de la población en promedio (según un resonado estudio británico) no debería ser una sorpresa para nadie que practique regularmente las labores del hogar.