Desmonto la oficina. No hay mucho que desmontar, la verdad. Nunca me preocupé mucho por apropiarme de este espacio. Apenas colgué un par de postales. También limpio los cajones y estanterías de basura. En un ataque paranoico salvo de la basura a último minuto cuarenta páginas dispersas de lo que parecen cálculos. Cuido los cálculos porque me cuestan. Una vez me convenzo de que algo es cierto olvido los trucos y más tarde soy incapaz de reproducirlos. Además soy desordenado, así que nunca sé dónde dejé la versión depurada y limpia y cuáles son apenas intentos infructuosos que podría desechar. Cuarenta páginas que debo filtrar. Tengo un sueño recurrente en el que debo calcular algo, algo sencillo, algo concreto que por pura inseguridad he hecho al menos quince veces con mucho cuidado, y soy incapaz. Sé que es verdad, sé lo que quiero evidenciar, pero no encuentro el camino. Odio eso. Me levanto de muy mal genio. Tengo el vicio, adquirido cuando era niño y, por ende, omnipotente, de depender demasiado de mi memoria. Eso es algo que debo cambiar. Hoy escribí en dos páginas un resumen al vuelo pero organizado del trabajo del semestre. Todavía no hay resultados muy serios pero luce promisorio. El jueves tendremos una nueva reunión. Tal vez sea la última en un buen rato.