Es la venganza. El placer de destruir al que destruyó, de verlo sufrir de rodillas, reducido, y que entienda, de verdad entienda fuera de toda duda, lo que se siente estar del otro lado. Que le duela. Digo placer y se horrorizan. Moralismo fácil. Propensión natural a juzgar con la indignación de la incomprensión distante. Me miran y piensan cómo puedo ser capaz de creer que en mis actos, en mi furia, hay justicia. Tal vez no la hay. Nunca he dicho que hice lo justo. No soy imbécil. Hice lo correcto, lo que nadie más podía hacer pero era necesario hacer. Lo justo es llorar y, créanme, eso también lo hice. Lloré y me curé, acepté, reestablecí mi vida, mi tranquilidad, sobre lo inadmisible, tuve mis clausuras y guié con paciencia clausuras ajenas. Pero la justicia, esa abstracción idílica, esa comodidad de los tan buenos y tan puros que todavía tienen excusas para creer en los demás (y en sí mismos), estaba fuera de mi alcance. Ese es un lujo de los que no viven y los que no sienten. Yo debo resignarme a esto.