Vi una foto del papa Benedicto con los brazos en alto hacia los fieles dentro de lo que parece un ritual de conjuración de un espíritu. El papa Benedicto tiene brazos cortos, como de enano, y tiene la cara que tendría Juan Pablo Segundo si, bajo suficiente presión social, se convirtiera en vampiro. No me da confianza ese papa. Siento su capacidad (su potencial) para la maldad. Ayer vimos una película con Anthony Queen Hopkins sobre un pobre aspirante a cura gringo de paseo por Roma que termina de amigo de un viejo exorcista inglés con síntomas de autismo. Por un buen rato la película gira alrededor del exorcismo de una muchacha embarazada (violada por su papá (el suyo)). El problema del cura joven es que el cura joven no cree. No cree en la posesión demoniaca. Piensa que es un problema psiquiátrico y no un asunto de curas. De nada sirven los esfuerzos del viejo ni el hecho de que la muchacha, en trance, tenga voz de hombre(s) y hable en inglés. Tampoco sirve que vomite, de repente, clavos ensangrentados, o que le hable al cura joven de asuntos que sólo él podía saber. Este cura joven representa, es claro, a nuestra juventud incrédula, perdida, que niega a Dios. Anthony Hopkins, por su parte, es un reconocido canibal. Las cosas se complican cuando el joven confronta al demonio, niega su existencia, y el demonio, en respuesta, mata a la mujer y aborta al niño. A partir de ese momento empieza lo que realmente importa pero no quiero entrar en más detalles. Sólo diré que la principal enseñanza de la película es que la fe en Dios implica necesariamente la fe en el Diablo y, por tanto, negar al Diablo es negar a Dios. La gente pasa por alto estas cosas. Cree de manera ligera, sin entender la seriedad del compromiso que sellan y sin medir las consecuencias. Piénsenlo: las víctimas de posesiones demoniacas son, por lo general, creyentes. Son muy pocos los ateos que son víctimas de las artes del maligno. La prevalencia de pedofilia entre la población más pía podría ser consecuencia del mismo fenómeno. El demonio aprovecha la fragilidad del alma creyente promedio (con una fe que no está suficientemente cimentada) para secuestrar su cuerpo y utilizarlo para sus propósitos oscuros. Así, un argumento adicional a favor del ateísmo bien vivido (sin necedades extremistas) es que, paradójicamente, nos protege y blinda de los trucos del enemigo malo (que sin duda existe). Quisiéra dejarlos con esta reflexión el día de hoy.