Vamos a Relish, que es una hamburguesería gourmet (?) cerca de la casa. Afuera llueve pero no importa. Mónica pide un perro caliente gigante (con coca-cola), yo pido una hamburguesa no demasiado complicada (con nestea) y le digo al señor que si por favor me puede hacer la hamburguesa a término medio. Este es de por sí un sacrificio para mí, pues mi término de cocción ideal es esa aberración suculenta que sólo se puede pedir en Francia y que los franceses llaman bleu (azul). En términos prácticos, bleu quiere decir cruda para casi cualquier ser humano diferente de mi persona y unos dos o tres franceses de cada cien (Funfact: luego de bleu en la escala de cocción francesa sigue saignant (lease señó), que quiere decir sangriento y que es el término más popular (este detalle permite hacerse a una idea clara de lo seriamente crudo que es el término azul). El señor, un muchacho joven de barba densa de diseño que se me parece a Andrés Burgos (persona a quien, por cierto, jamás he visto), me dice que no están autorizados a preparar carne a término medio: cierta regulación de la secretaría de salud de Ontario lo impide. Creo que había oído este rumor antes pero nunca pensé que fuera cierto. Siempre pensé que era una de esas tonterías que se inventaban los europeos pedantes para burlarse del provincialismo de los norteamericanos. Como sea, escandalizado por la respuesta que considero inaceptable saco un billete de veinticinco dólares de mi billetera, lo doblo y se lo ofrezco a Andrés Burgos. Le digo: La secretaría no tiene por qué saberlo. Me dice: Espero que usted no esté intentando sobornarme, sir. Le digo: ¡Por Dios! Nunca quise sugerir eso. Me dice: ¿Por quién me toma? Le digo: Tómelo como una propina adelantada por sus servicios. Me dice: Me ofende, señor. Le digo: No me malinterprete. Me dice: Por favor no insista. Le digo: Es apenas una compensación por sus molestias. Me dice: Creo que tendré que pedirle que deje el local. Le digo: ¿Disculpe? Me dice: No quiero llamar a la policía. Le digo: ¿¡DISCULPE!? Me dice: Cálmese. Le digo: Cálmeme esta. Me dice: Por favor no me haga daño. Le digo: Señor. Me dice: ¿Perdón? Le digo: “Por favor no me haga daño, señor.” Me dice: Por… por favor… Le digo: …tengo familia e hijos, claro. Me dice: S-sí. Le digo: Tuve un día pesado. Estoy cansado. Quiero una hamburguesa al término correcto. ¿Es tan difícil? ¿Es imposible? ¿Tanto cuesta hacerme feliz? Me dice: Nada es imposible. Le digo: Pero antes lo era. Ahora es demasiado tarde. Hoy me levanté a las cuatro. ¿Le dije que estoy cansado? Me dice: Me… me lo dijo, s-sí. Le digo: Yo sólo quería una hamburguesa, eso es lo único que quería. Tenía hambre, quería una hamburguesa. Es tarde, son casi las siete. ¿Sabe lo duro que es esto para mí? Me dice: No cometa una locura. No hay razón para llegar a esto. Le digo: ¿Conoce la mecánica de estos aparatos? Me dice: No… No, s-señor. Le digo: Son un verdadero milagro, ¿sabe? Cuénteme, ¿cuántos años tiene? Me dice: Veintiseis. Le digo: Say something that would make me fall in love with you again. Me dice: Pardon me? Le digo: Say it. Me dice: No sé qué decir. Le digo: Missed your chance. Mónica me dice, de camino a la casa, que debo reducir mi dosis de películas de violentas de las tardes. Las sirenas se acercan. Tengo hambre. Necesito bañarme.