Durante la noche desaparecieron las gallinas, dejaron tres huevos. El galpón está destrozado. El sobrino de Felicio dice que pudo ser la manada de perros salvajes que acecha la zona desde hace días. Bestias. Nadie oyó nada. Desayunamos salchichas con papas salteadas, fríjoles en lata y jugo de mora. El viejo recibió una llamada por teléfono. La ciudad. Su hija. Algo pasó con el niño. Las bombas. Dónde. Dónde. Por qué. En la radio no dicen nada. El viejo llora mientras jugamos damas (gano 2, pierdo 3) y luego llora mientras vemos televisión. Vemos un documental sobre los métodos de tortura de la inquisición. El viejo dice que la inquisición fue una necesidad histórica. Era la única manera de prevenirlo, me dice, pero no se explica. En cambio se para molesto y se va a llorar solo en su cuarto. No sé qué decir. Creo que soy su único amigo aquí, el único que le presta atención, que le cree, que confía en su juicio, pero no sé hablar con él. Antes de comer lo vi pasar hacia el estudio en piyama con sus cuadernos y su computador portatil. No nos acompañó durante la comida, dijo que estaba ocupado. Sé que trabaja desde hace meses en un programa, un algoritmo de predicción de ataques. Le pregunté si estaba bien. Me preguntó, en respuesta, que qué podría estar mal. La llamada, le dije. Es la vida, me dijo. El viejo me pide que le explique mis cálculos. Todavía no es conclusivo, pero lo intento. Saco un cuaderno y mi lápiz y escribo la estructura general de la prueba, los casos, la idea que permite que todo funcione. Trabajamos hasta tarde en el estudio. Es como mejor nos entendemos. Recibo sus consejos y sus preguntas. Respondo torpemente. Me siento examinado. Siempre me pasa con él. Le interesa el significado de los parámetros, su presencia. Quiere que le explique por qué. Esperaba que usted lo supiera, le digo. No me entiende. Levanta la cara, mira la ventana, los árboles de feijoa, el galpón abandonado, los cerros secos, las ruinas en la cima. Se rasca la cabeza. Se quita las gafas. Me mira. El tiempo se hace lento, dice. Un día se detendrá por completo y no nos vamos a dar cuenta.