Sueño que cargo a Mauricio, es pequeño y ligero, y me habla. Todo es feliz y tranquilo en el sueño. Todo se siente correcto. No hay ansiedades ni preocupaciones. Si acaso la sorpresa de que hable pero nada más. Mónica está en el trabajo y Mauricio y yo estamos en la sala de la casa. La esperamos. Me pregunta por ella. Nos sentamos un rato en el balcón a recibir el sol. Nos comemos una naranja. Luego regresamos a la sombra. Ponemos música. Le canto cosas. Le leo cosas. Es suave. Huele bien. En los sueños que más disfruto no pasa nada excepcional. Son rutinarios y sencillos. Lo que me complace a posteriori de esos sueños es la total ausencia de dolor o tristeza. No hay malos recuerdos. No hay extrañeza. Él simplemente está sobre mí, descansa, se duerme a ratos. Le pongo la cara en la cabeza. Envidio, no se imaginan cuánto, a mi versión paralela que lo verá crecer. Me consuelo pensando —estúpidamente, lo sé— que hay un mundo, uno mejor que este, en el que no se fue.