No sé qué clase de libro es este. No sé, ni siquiera, si es un libro o algo más que un libro. En esas estoy. Lo acabo de leer, no por primera vez, no por segunda vez, no por… y no sé qué es esto ni cómo abarcarlo en tres párrafos que le hagan justicia a lo que es o lo que pretende ser (que creo que son lo mismo). Entonces me digo que yo lo vi crecer. Lo leí en intercambios de correos (con propuestas, sugerencias y batallas estilísticas casi a muerte) y en versiones preliminares, y siempre me preguntaba para dónde va Javier con todo esto, qué es lo que nos (me) quiere decir. Y no se puede decir que no conozca a Javier (que es mi amigo, como él aclararía con esa corrección que lo caracteriza) ni que no entienda sus preocupaciones. Son asuntos de los que hemos hablado antes (como en siempre). Es la idea de que la literatura permite disposiciones de información que niegan el tiempo o que lo pervierten pero todavía más: es la idea de que la literatura permite narrativas que se niegan (se refutan (se destrozan)) a sí mismas (o, peor, que todas de alguna manera lo hacen). La Constatación Brutal del Presente es la realidad pero también es la negación violenta de cualquier intento de condensarla. Es el hecho de que el tiempo es en esencia discreto y cada paso (salto cuántico) es una patada salvaje a la cara. Este es un libro muy serio. No es un libro para tomarse a la ligera. No es un libro que se pueda leer en una tarde de tedio ni sentado en un balcón con una copa de vino dulce en la mano ni desinteresadamente en un tren entre el punto A y el punto B, protegido de la tormenta. Es un libro confuso. Es difícil (de leer, de escribir, de digerir, de aceptar). Es intencionalmente desorientador. Es un acto de contorsionismo extremo: la reflexión entera (total (absoluta (definitiva))) sobre sí mismo; la teoría y la práctica de una cierta preocupación por escapar de los esquemas (¿para encontrar qué? ¿para evadir qué? ¿para llegar a dónde?). Yo, que soy católico, creo que esos esquemas existen por una razón pero Javier es entre otras cosas sindicalista (y por ende terco) y siente que son opresivos. Lo entiendo. También cree que no son efectivos (que hay cosas que se quedan por fuera; que la confusión y lo truncado no pueden ser ignorados; que su adopción general artificializa la experiencia). Eso lo entiendo todavía más. Digo Javier y siento que hablo de mí mismo pero no es así. Hablo de Javier, no de javier (que es el otro). Leo Constatación Brutal del Presente por enésima vez y todavía hoy es como si fuera la primera vez. Todavía me pierdo. Me cuesta. Pienso en las maneras como he intentado leer este libro. (1) Como un guión (o un tratamiento de un guión) de una película imposible de filmar porque los actores (no sus personajes) son asesinados en la primera escena. (2) Como un ensayo práctico sobre la narratividad que es incapaz de prosperar (¿de escapar?) por su compulsión de ser consciente de que ocurre. (3) Como una parábola de la vida atenta a la cinta transportadora vacía. (4) Como un homenaje tipo Enrique Vila Matas meets David Lynch meets Сталкер meets David Cronenberg meets Михаи́л Алекса́ндрович Баку́нин meets Raymond Roussel meets… meets 三池 崇史 meets itself (and implodes). (5) Como el primer capítulo del libro al que hace referencia esa secuencia interminable de notas al pie de página que se hace llamar El Lamento de Portnoy. (6) Como un panfleto político para desesperanzados extremistas. (7) Como la no-ficción postapocalíptica pesadillesca que por fin entiende que la idea del final del mundo y del tiempo (que es hoy, ahora mismo (¡suena pólvora afuera para celebrar!)) es precisamente que no queda nada (¡nada!) y por ende probablemente lo que haya por narrar sea tan o más indescriptible que las peores bestias que se ocultan por eones bajo el mar. Pienso, cuando lo cierro —estoy sentado en el balcón con una copa de Pedro Ximénez en la mano ya casi vacía—, en lo que tuvo que pasar para que llegáramos hasta acá (en lo que perdimos, en lo que vimos partir, en lo que dejamos, en lo poco que aprendimos, en los golpes, en el dolor, en la fuerza de vivir). Y en lo que falta por pasar. Creo que ya no tengo miedo. Hago, por precaución, un inventario de lo que llevo en mis bolsillos. Es suficiente. Es apenas lo esencial.

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