El dilema del mecánico (modificado un épsilon por su servidor para propósitos experimentales) dice que un hombre poderoso le da la oportunidad de matar a un amigo suyo (alguien cercano, que a usted le importe, cuya ausencia seguro le dolerá) de la manera que usted prefiera. Tiene una semana. Su vida no corre riesgo. Si se rehusa o no cumple, alguien más lo hará (no hay manera de prevenir esto) y entonces, el hombre le advierte, no hay garantía sobre la calidad o circunstancias de la muerte de su amigo. En particular, es altamente probable que sufra, que sea humillado, torturado y sometido a vejaciones inimaginables. Por supuesto, la reacción inmediata ante semejante propuesta sería rechazarla ofendido en honor a la amistad (y al principio universal que le da cierto valor esencial a la vida humana), sin embargo ésta no es una decisión fácil. Su inacción no salvará a su amigo de la muerte y, como dice el hombre, tal vez usted le pueda ofrecer un final más digno. ¿Qué haría usted?


Me haría amigo del hombre poderoso. Buu
Mato a mi perro
Podría advertir al amigo? Protegerlo de algún modo? En caso de no poder, dejaría que un tercero lo matara. Es más fácil así, ademas de que ese sera su ultimo dolor.
Claro. Podría decirle lo que va a pasar pero no serviría de nada en el sentido de que no habría manera de prevenir su muerte. ¿Dejaría que un tercero lo matara así usted pudiera proveerle una muerte más humana?
le preguntaría en son de conversación trivial cómo preferiría morir, luego me aseguraría de que pase una semana sensacional.
Me gusta. ¿No le diría que lo va a matar?
no, si le dijera que lo voy a matar entonces sería imposible que disfrutara su última semana.
Claro.
Veo dos opciones. 1. Hay tantas maneras retorcidas de hacer sufrir a la gente que probablemente aceptaría ser el verdugo de mi amigo, lo que de entrada implica preguntarme si soy capaz de matar a alguien, a pesar de que sería un acto benéfico, por así decir. Sin embargo creo que preferiría vivir con la culpabilidad de su muerte a vivir con las imágenes de su sufrimiento extremo, porque seamos honestos, el mismo hombre poderoso que nos hace la propuesta seguro es capaz de mostrarnos evidencia del sufrimiento que nuestra indecisión provocó. 2. La otra opción es hacer equipo con mi amigo para resolver algunas cuestiones que deben resolverse para tomar una decisión, me parece: ¿por qué está condenado? ¿y por qué es uno el elegido para darle esa muerte benéfica? Haríamos equipo y trataríamos de balear desde una motoneta el BMW del hombre poderoso. Aunque a pesar de esto, parece que de todas formas moriría, ¿no? Es un caso tipo Funny Games, sin salida.
Claro. La idea es que no hay salida y las dos opciones posibles, que alguien lo mate o matarlo, tienen consecuencias internas (descontando las penales de matarlo, que creo que para efectos del dilema podemos descontarlas). La pregunta, en últimas, es cómo convencerse —cualquiera que se la opción que elija— de que lo que decidió, una vez el amigo muera, era lo correcto o lo justo pese a la obligada crisis moral relacionada.
El hombre poderoso es inalcanzable.
Le digo al amigo y matamos al hombre poderoso. O entre ambos le decimos al mejor amigo del hombre poderoso que si el lo mata tendrá una muerte más digna. O le decimos a la policía.
El hombre poderoso es inalcanzable. La policía no puede hacer nada. La muerte de su amigo es inminente. Le quedan dos días.
Convenzo a mi amigo de que nos matemos juntos. Haciendo algo divertido, yo que se. Así hago lo que creo mejor para mi amigo y después no tengo que convencerme de nada ni enfrentar ninguna angustia moral.
Es difícil suicidarse, sospecho. Pero es una opción.
Hm. Me puso a pensar. Me gusta un montón la solución que ya planteó Mónica.
Lo digo porque, si intento “ponerme en los zapatos” de mi amigo, lo que más querría es exactamente eso: que me hicieran pasar una semana sensacional y luego, el último día, que me ayudaran a morir de la forma que más me gustaría (para mí sería algo como dormirme y que me abrieran una pipeta gigante de CO dentro del cuarto. O algo así. Suave, certero e inconsciente.)
Por un rato antes de escribir lo anterior pensé que, si yo fuera ese amigo que se va a morir, preferiría que me contaran desde el comienzo que me voy a morir el día x… para decidir exactamente qué hacer. Pero luego de imaginármelo con calma me di cuenta que eso me daría más tensión. Me pondría mal con el paso de los días. Sería mejor una semana final fantástica en la que no estoy pensando sobre la muerte (por lo menos no más que lo normal) y en la que el día final muero de la manera que más me gusta.
[De hecho, me parecería muy chévere saber si alguien preferiría algo distinto (si fuera el amigo que va a morir) y por qué razones.]
Me explicaré un poquito más. Yo estoy prácticamente convencido de que el mejor fundamento para la moralidad (y quizás también para la justicia, aunque esa es más jodida) se encuentra en la empatía: esa capacidad que tenemos los seres humanos para “ponernos en los zapatos de los demás”. Esta intuición es la que está detrás de varias normas morales poderosas, en particular de la llamada regla de oro (do unto others as you would have them do unto you).
Por esto creo que, aunque me sentiría mal ayudándole a mi amigo o amiga a tener la muerte que más quiere, tendría la tranquilidad de saber que hice lo que creo moralmente correcto: lo que a mí me gustaría que hubieran hecho conmigo mismo.
Claro, en parte esto está basado en la intuición de que en este escenario la inmensa mayoría de personas (incluidos en particular mis amigos) diría que prefiere una semana sensacional (y la certeza de una muerte preferida, facilitada por un amigo) sobre la probabilidad incierta de una muerte terrible.
Creo que en el fondo esa es una buena intuición, pero podría estar mal. Por eso me gustaría saber si otros preferirían otra cosa y por qué. Esta es la cosa con la empatía: que es algo *perfeccionable*, empíricamente perfeccionable. Entre más uno conozca a los otros, más conozca sus gustos, sus preferencias, y sus situaciones de vida, mejor puede ponerse en sus zapatos–y por ende mejores decisiones, en el sentido moral, puede tomar cuando esas decisiones los involucren.
Por eso me parece tan importante que hablemos los unos con los otros. Que nos digamos qué es lo que nos gusta y qué no, qué es lo que nos hace felices y qué no–y podamos cada vez más ponernos mutamente en nuestros zapatos. Entre más sean lo más incluidos en esta conversación (en este esfuerzo empático), más seguros podremos estar de la solidez de nuestras convicciones morales.
Intento hacer un trato, doy mi vida a cambio de la de mi amigo.
O hago algo para perder la memoria y no tener ningún vínculo afectivo con alguien, así el Hombre Poderoso se quedaría sin motivos de matar a una persona cercana a mi y que extrañaré.
El trato es denegado. No creo que haya maneras efectivas de perder la memoria. Podría intentar un golpe en la cabeza, apuntándole a un trauma craneoencefálico suficientemente fuerte, con riesgo de coma y/o muerte.
En últimas parece que su opción es suicidarse, ¿no? Pero así su amigo no sólo sufrirá cuando sea torturado sino al enterarse, días antes, de la noticia de que usted murió.
[...] j. en Finiterank [...]
Intento de respuesta: http://mgualdronr.wordpress.com/2011/05/23/el-dilema-del-mecanico/
Me divierte su escozor intelectual ante este tipo de juegos. Tan profesional, tan ético. No creo que la idea sea hacer proyecciones a situaciones normales con base en las respuestas, sino sólo intentar imaginarse a uno mismo en una situación extrema. Imaginarse ejecutando lo inmoral y lidiando internamente con eso. La idea es, más bien, probar los límites del aparato moral. Pensar, por ejemplo, en la idea de que la vida (humana) ajena es inalienable y bajo qué condiciones esa barrera cae. El propósito no es luego hacer un análisis estadístico para saber cómo funciona el ser humano, sino solo hacer una reflexión interna y pensar en lo que uno cree que es y lo que uno cree que valora. No creo que sea despreciable tan fácilmente. Es algo que hacemos todos los días (o al menos yo no puedo evitar hacer) al leer libros o ver películas que plantean decisiones morales duras (así sean irreales e injustas y bla bla bla).
Me gusta, por otro lado, su refutación del argumento empático de Javier.
Estoy de acuerdo; yo no estaba sugiriendo que su propuesta fuera una de estas cosas absurdas, ni lo estaba acusando de irrelevante. Me parece un ejercicio buenísimo; me molesta el uso que hacen muchos filósofos de estos experimentos, sin embargo. Más chévere pensar la cosa en primera persona.
Qué bonita esta conversación. El tema es apasionante. Comparto con Michín el escozor sobre el uso profesional (en filosofía) de los experimentos mentales, pero, como él ya lo dijo, también creo que ese no es el punto aquí. A mí este tipo de ejercicios me parecen ante todo una diversión: por ejemplo, casi siempre son buenos para ponerle ánimo a una conversación que se ha desgastado en una reunión.
Sólo un par de cosas:
1. De pronto tengo que especificar mejor en qué consiste la propuesta sobre la empatía que escribí: la idea es que el juicio que uno tenga sobre que sea correcto hacer puede cambiar dependendiendo de qué tanto y cómo conozca uno a los demás (eso era lo que llamaba arriba “perfeccionarse”). Para seguir el ejemplo, ahora que sé que tres personas a quienes considero amigos (Michín, P.V. y Javier M.) les contarían inmediatamente a sus amigos amenazados de muerte si estuvieran en el caso descrito, y que, al parecer, ellos mismos preferirían también que se los dijeran si estuvieran en el lugar del amigo que va a morir a manos del hombre poderoso, estoy inclinado a cambiar mi intuición inicial. Así, cuando ahora intento “ponerme en sus zapatos”, llego a la conclusión de que lo mejor que podría hacer sería contarles y, en ningún caso, ayudarles a morir de una forma tranquila. De pronto si hablo con muchos amigo resulta que ellos dicen que preferirían lo mismo que ustedes, y de pronto entonces yo mismo cambiaría mis propias preferencias.
Es un proceso en el que no necesariamente hay una respuesta certera y final. Pero eso no lo hace insatisfactorio.
2. Creo que no entiendo por completo por qué lo escribió Michín *refuta* lo que llaman mi “argumento empático”: ¿qué exactamente es lo que está refutando y cómo?
Por otro lado, quisiera preguntarles: ¿cómo creen ustedes que las personas pueden estar motivadas a actuar moralmente si no es porque pueden “ponerse en zapatos de otros”? O en el caso concreto de la propuesta de Michín, ¿cómo puede alguien que cree en la diferencia radical con el Otro estar motivado para actuar moralmente ante ese Otro? ¿No es una idea como la de la diferencia radical la que está detrás de tantos genocidios, de tantos atropellos, de tanta violencia?
Si la solución pasa por algo así como la deliberación racional (a la Kant), dudo mucho que eso sea motivacionalmente poderoso en el mundo real.
Lo bueno es que hay preguntas abiertas.
Me parece que la posición dominante hasta el momento (Monica-Javier G.), aunque atractiva, deposita demasiada confianza en la empatía. Por supuesto, esta es muy útil en situaciones normales para ponerse en los zapatos de los otros, pero yo no la extrapolaría a situaciones de vida o muerte. Es decir, no creo posible saber lo que sería una buena semana para mi amigo si mi amigo no sabe que se va a morir. Las preferencias de las personas pueden cambiar de manera radical ante la muerte, y creo que ni preguntándole al mismo amigo como quisiera morir la respuesta sería confiable.
Claro, coincido en que decirle al amigo le causaría estrés, pero morirse es una cosa bastante seria. Así que yo le contaría a mi amigo y trataría por todos los medios de juntos defenderlo del hombre poderoso. En parte de los preparativos, consideraría con ella (estamos usando amigo como genérico, no?) que tuviese una forma de terminar su vida antes de que fuera sometida a indignidades (una pastilla, una pistola, explosivos…).
Además, a menos que sea una consecuencia de nuestro acto de defensa, sacrificar mi vida parece totalmente innecesario.
Saludos,
(Comentario al pie: sigo con fascinación el hecho de que los filósofos traten iluminar dilemas morales que atañen a la justicia, con problemas que en la práctica tendrían un pie en la seguridad, una idea-concepto-noción que es en buena parte diferente)
Creo que, como usted, yo optaría por la opción de contarle a mi amigo y dejar totalmente en sus manos la decisión. Creo que ni siquiera entraría a tomar parte en su muerte. No podría. Le diría: se va a morir, le queda poco tiempo, haga lo que quiera. Supongo que él se mataría.
Esto no lo haría por respeto a su voluntad sino por mi absoluta incapacidad de matarlo. No creo que fuera capaz de matar a un amigo (pienso en varios concretos ahora mismo), al menos no a uno sano y consciente que pudiera decidir si se mata o no y actuar acorde. No podría vivir con esa carga.
“Las preferencias de las personas pueden cambiar de manera radical ante la muerte.”
Eso está muy muy interesante. Si es así, ¿por qué no cambian “justo ahora” (dado que sabemos que *podríamos* morir mañana)? ¿Es por la certeza de la muerte que está sugerida en el dilema del mecánico? ¿Pero entonces por qué no podemos saber cómo cambiarían, si nos imaginamos que *seguro* moriremos mañana? ¿La imaginación nunca puede igualar la vivencia (o por lo menos no en un caso así? Si es así, entonces no sé… se vuelve menos atractivo el dilema de Javier. ¿No?
Supongo que no podemos saberlo porque una cosa es intentar imaginarse que moriremos mañana y otra ganar de alguna manera esa certeza concreta. Yo no hubiera sido capaz de imaginar lo que sentí cuando el médico me dijo que mi hijo se iba a morir sino hasta que el médico me lo dijo. La capacidad de la imaginación no es tan alta (pues se alimenta principalmente de experiencias previas y precisamente la idea de estos dilemas que son situaciones absolutamente extraordinarias (si no absurdas)). Es muy difícil simular cosas así. No creo que el propósito del dilema (o de este tipo de dilemas) sea que simulemos nítidamente realidades paralelas, sino que al pensar en ellas, pensar en lo que pensamos que haríamos ante ellas, exploremos nuestros propios límites éticos o de acción (por qué están ahí, hasta dónde van, qué tan sólidos o inamovibles son).
Sí, estoy de acuerdo con que la capacidad de la imaginación no puede igualar la vivencia (eso era lo que quería sugerir con esas preguntas).
Pero entonces me parece raro decir que este tipo de dilemas nos ayuda a explorar qué tan sólidos son nuestros “límites éticos y de acción” o por qué los tenemos. (Esto es un poco lo que Michín ponía dentro del “uso profesional” de experimentos mentales al comienzo de la entrada en su blog.) Yo no quisiera ir tan lejos. [Incluso dudo que, en general, la *introspección* sea una buena herramienta para brindarnos respuestas sobre "por qué tenemos los juicios morales / los límites éticos" que tenemos.]
Creo que este tipo de dilemas pueden ser mejores para crear guiones de películas emocionalmente tensionantes, o ser buenas excusas para hablar y encontrar preguntas interesantes (muchas de las cuales seguramente quedarán abiertas y habrá que determinar cómo responderlas), que un camino útil para explorar eso que a usted le llama la atención.
Supongo que sirven para eso de la misma manera que las películas (o en general las ficciones) que plantean situaciones morales complicadas. Obviamente que uno no va a tener respuestas definitivas sobre lo que uno haría, pero el simple hecho de forzarse a pensar en esas cosas es útil. Es facilísimo decir que uno no mataría nunca a nadie, por ejemplo. Pero yo no creo que esa sea una afirmación que se debería hacer tan a la ligera. Y creo que entender que matar a alguien es algo de lo que uno, bajo ciertas circunstancias, sería capaz, ya amplía la perspectiva de lo que uno es. Yo no aspiro a que uno encuentre respuestas a través de ellas, sino a que al menos se cuestione su margen de acción. A eso me refiero con “explorar”.
Entonces estamos de acuerdo. Me parece una chimba mandar la cosa al ámbito personal.
Entonces, ¿hasta ahora no ha pensado en una circunstancia en la que usted mataría a un amigo?
¿Qué películas (o ficciones) recomendaría con situaciones morales *bien* complicadas?
Si el hombre poderoso es inalcanzable y la muerte del amigo inalienable, es un mundo jodidamente imperfecto el que planteas. No hay espacio, al parecer, para una movida tipo Van Damme, ni para un coincidencia benéfica ni una jugada del destino. Tampoco mucho dilema moral, en tal caso, y más bien queda cierta impotencia ante este brutal destino. Lo mejor sería matar al amigo sin avisarle (una muerte rápida e indolora) y dedicarse a hacer lo que a uno le da la gana. No veo otra, parce.
No me parece que sea un mundo imperfecto. O bueno, no me parece, por lo menos, un mundo irreal. Como dice René más abajo, hay situaciones reales bastante similares a esta.
Por lo demás, el mundo es imperfecto y los hombres poderosos son, por lo general, inalcanzables.
Hay una historia corta de Richard Matheson, “Button, button”, que va de un tema similar. No la encontré en inglés, pero acá está la traducción:
http://www.ucm.es/info/especulo/numero41/botonmat.html
(Y hay una espantosa película de Richard Kelly, The Box, que va más o menos de lo mismo.)
A diferencia del resto de la concurrencia, yo no veo demasiada crisis moral, porque para que la hubiera debería tener una opción real. Prácticamente todos los días nos enfrentamos a esta situación, y aunque el dolor de nuestros seres queridos nos parece aborrecible, eso no me lleva a desear matarlos para ahorrarles sufrimiento. El suicidio, por lo mismo, no me parece de ninguna forma una salida (si lo considerase, ya me habría ahorcado).
Me permito un ejemplo algo más práctico. Un hombre poderoso (un doctor) te dice que un familiar muy cercano tiene cáncer terminal y le quedan quizá tres meses de vida. Porque ya lo ha visto esto antes, sabe que la muerte será humillante, torturadora e inimaginablemente vejadora (sí, ya lo ha vivido al menos una vez y aún así sigue siendo inimaginable). Ahora digamos que ese hombre poderoso le explica que hay definitivas e indoloras de acortar esos tres meses de vida. No es que sea jodidamente imperfecto ese mundo, sino que es cosa de todos los días. Y al final del día vivir con la decisión (cualquiera) es fácil porque en realidad no depende de ti.
Tu ejemplo, aunque similar, no es totalmente equivalente a la que propone el dilema del mecánico. Se parecen en que proponen una disyuntiva entre la tranquilidad (?) de la muerte controlada y la muerte sin control. La diferencia con la muerte asistida es que ponen esa decisión totalmente en manos de un potencial victimario (i.e., tú), no de la víctima, no de un doctor que guíe el proceso. Increíblemente (o tal vez no tanto), aunque la situación del cáncer que planteas es común, son muy pocas las personas que toman la decisión de matar a sus familiares con cáncer cuando el doctor les dice que tienen tres meses de vida. Hacen todo lo posible por paliar el dolor (ver Las invasiones bárbaras) pero muy pocos aceleran la muerte cuando todavía se siente que hay algún trazo de vida.
Te propongo que, en lugar de cambiar las reglas, pienses en una persona en concreto: tu mujer. Tu mujer en este momento, además. No hay problemas médicos. No hay vida riesgosa, no hay una enfermedad terminal que te fuerce a ti a decidir porque ella está incapacitada por el dolor o la inconsciencia. Nada. Sólo un hombre poderoso que no quiere que ella, que es exactamente ella en este momento, siga viva. ¿Serías capaz de asesinarla? ¿De verdad? ¿Cómo lo harías? ¿Le avisarías que lo vas a hacer? ¿Le dejarías tomar la determinación? ¿La matarías y luego te sentirías culpable? ¿No dudarías, luego de matarla, de que el hombre poderoso cumpliera su promesa y que realmente esta propuesta inaceptable fuera una contra ti y no contra ella? ¿Que realmente su vida nunca hubiera sido la que estaba en juego sino tu entereza moral? ¿Tu miedo al poder?
A la lista de René, agrego esta novela de Morris Berman (creo que es su primera) llamada Destiny. No la he leído pero me topé con ella hace rato y creo que va al caso.
http://www.amazon.com/Destiny-Morris-Berman/dp/1456531840/ref=sr_1_1?ie=UTF8&s=books&qid=1306257007&sr=8-1
Bueno, si no hay alternativa, lo invitaría a comer y lo envenenaría… sobra decir lo de los últimos días sensacionales y bueno, trataría de “ayudar” a que resuelva sus “asuntos pendientes”.
Yo también sería totalmente incapaz de matar a un amigo (o a un enemigo). Pero creo que en la situación del dilema suicidarse antes de decirle al amigo que inavitablemente va a morir sería muy cobarde. Tampoco sería capaz de dejarlo solo en esta situación sin salida.
Creo que la mejor forma (y estoy de acuerdo con Javier M.) es contarle a mi amigo. Pero se lo contaría de tal manera que, primero, le plantearía el dilema mismo para saber qué haría él y después le diría que estamos encerrados en ese dilema. Estoy segura que las prioridades cambiarían ante la muerte inminente. (Esto prueba, en parte, que el ejercicio mental es útil en algún sentido)
Después, le diría todo lo que siento al respecto y le entregaría mi vida para que haga con ella lo que mejor le parezca. Finalmente, la vida de ambos está involucrada.
Por ejemplo, ¿qué tal él decida matarme primero para ahorrarme la culpa? ¿Qué tal él sienta que yo no debo matarlo? Y entonces me propone que debo dejar que lo maten. De pronto piensa que igual podrían matarlo en cualquier esquina, cualquier día. Justo ese día, podríamos morir los dos de la manera más horrible cuando salgamos del café en el que, precisamente, estabamos planeando cómo morir. Nunca se sabe.
Ahora… la discusión con Miguel es muy larga. Si los experimientos mentales no tienen ninguna utílidad práctica para pensar cómo funcionan nuestros juicios morales o para reflexionar sobre la justicia ¿por qué sí la tendría una no-justicia, una justicia irrealizable, una justicia en donde el otro y yo no podemos hacer nada el uno por el otro, en nuestra diferencia radical?
Yo creo que en nuestra diferencia con el otro podemos encontrar maneras de relacionarnos que no necesariamente pasen por la empatía, ni por la comprensión. De hecho, respetando nuestras complejidades, soy más bien pesimista con respecto a la “perfectibilidad” de esa relación, de esa comunicación que nos permitiría saber cuándo y cómo ponernos en los zapatos del otro. Ni siquiera hay que ir tan lejos, ni pensar en nhambiquaras o asesinatos. Las relaciones amorosas son ya muy complejas, los propios deseos son incomprensibles, la lucha interna es inevitable. En ese escenario, uno no puede confiar mucho en su habilidad de entender qué y cómo es el otro y qué quiere hacer. En ese contexto entendería “la diferencia radical”.
Pero a pesar de eso, todavía creo en la posibilidad de la justicia y de una que sea realizable. ültimamente me causa curiosidad que, incluso teniendo armado ese aparato teórico de la diferencia radical, en la vida cotidiana tenemos que actuar, decidir, hablar con el otro, traducirnos, violentarnos. etc. Tengo conflictos con esa perspectiva, pero no los he articulado muy bien. Mi intuición es que parece más aproximado pensar una justicia que tenga en cuenta todo eso.
No le creo que no sea capaz de matar a nadie. Estoy seguro que bajo suficiente presión mataría. En defensa propia, o algo así.
Por otro lado, su vida en principio no está involucrada. Usted no corre riesgo alguno. No entiendo por qué debería ponerla a disposición del amigo.
Una respuesta similar a la que sugerí arriba, esta vez por Derek Parfit. http://books.google.co.jp/books?id=SlgY93k936UC&lpg=PA78&vq=26&dq=persons%20and%20reasons&hl=en&pg=PA70#v=snippet&q=26&f=false
No pretenderá tramarnos con argumentos de autoridad usted, ¿no?
No, hombre, puro provocador.
(Para que funcione el link hay que cerrar la barra amarilla. Es la sección 26 ‘Ignoring the effects of sets of acts’)