Cuenta Lola que este cuento no la dejó dormir. Le digo que con Alice Munro hay que ser cauto. No es una escritora que uno pueda tomarse a la ligera. Le prometo que lo leeré. Empiezo a medio día, mientras espero a Mónica para ir a nuestra cita con la trabajadora social. Lo termino en la sala de espera. Pienso. Es un cuento sobre la muerte, los vínculos con la muerte, y las maneras de seguir. Una mujer busca un refugio, físico y mental, luego de asistir al asesinato a sangre fría de sus tres hijos. Las descripciones son secas. El mayor, el único que intentó escapar, está junto a la puerta de la cocina. Fue estrangulado. Los otros están en sus camas, asfixiados con almohadas. En la historia son menos de tres líneas. La mujer entra a su casa y encuentra eso. La narración gira temporalmente alrededor del evento. Su hijo mayor, el de la puerta de la cocina, nace, y un párrafo más tarde la mujer, post-horror, sigue viva. Trabaja en un motel, en un sitio donde no la conozcan, con otro nombre, con otro color de pelo, para escapar, para que la vuelvan a ver como alguien real que no ha vivido lo que ella vivió. Pero a veces necesita recordar, así que toma tres buses y viaja cien kilómetros para hablar con alguien que la entienda, la única persona que sabe realmente lo que ella está viviendo, que los extraña y comparte el peso insoportable de sus ausencias.

Le hablé a la trabajadora social del cuento. Discutimos, una vez más, lo difícil que es continuar. Es largo, eterno, el proceso.