Aquí, para empezar, viene una lista de productos que he adquirido en el último año. Luego una reflexión sobre cómo siento (no puedo evitarlo) que esos productos, en conjunto, responden a mis aspiraciones y refuerzan mi individualidad. Cada cual dice algo sobre mí, sobre lo que creo que soy, sobre lo que quiero ser. Me proyecto socialmente a través de su ostentación sutil o descarada así como del orgullo (enternecedor) de no haber comprado aquellos que me igualarían al despreciable conformista. Una paradoja aparente: los productos de consumo masivo son diseñados y comercializados recurriendo a la idea de que soy único y especial y necesito satisfacer deseos particulares que me diferencien de la masa. El mercado cuidadosamente fragmentado (especializado) me permite expresar, mediante mis decisiones como consumidor, eso que siento que me distingue como individuo a través de la compra de artículos que cientos de miles de personas también comprarán. El esquema de oferta es tan fino que logra apelar incluso a aquellos que se sienten insatisfechos con el mismo esquema. Cada brote de indignación crea un nuevo estilo de individuo dentro de una clasificación detectable con métodos estadísticos cuyas necesidades son prontamente atendidas por productos que lo hagan sentirse fortalecido en sus indignaciones y reproches contra todo eso que condena. El secreto para mantener el control es implementar un sistema de respuesta ágil y adaptable que impida que nadie se sienta ignorado cuando no quiera ser ignorado.