Por la mañana vi el segundo episodio de All Watched Over By Machines Of Loving Grace. Mientras me duchaba pensé que lo que hace Curtis una y otra vez es mostrar un proceso que funciona de acuerdo al siguiente esquema: una idea surge en cierto medio (usualmente asociado al desarrollo científico o filosófico), y este medio estudia y difunde la idea durante un tiempo, hasta que descubre que la idea es insuficiente o no captura lo que dice capturar o es simplemente falsa y por tanto, dentro de ese medio, entra en desuso. Cuando esto pasa, sin embargo, la idea a veces adquiere vida propia. Ya no depende de esos científicos o filósofos que la impulsaron. La labor propagandística previa funcionó mucho mejor de lo esperado y ahora hace parte de la cultura. En la cultura, libre de sus orígenes, la idea sobrevive descontextualizada, como una metáfora mutante potencialmente aplicable a situaciones diversas. Las ideas que le interesan a Curtis son aquellas que, en esta última etapa, sirven como base (mediante algún nivel de abuso conceptual) dentro de discursos diseñados para sostener, fortalecer o modular el ejercicio del poder. En este episodio la idea base es que los ecosistemas se autorregulan y alcanzan estados sostenidos de equilibrio natural. Esta idea dio inicio a lo que hoy se conoce como ecología pero fue refutada, dentro de las ciencias naturales, hacia los años setenta. Pese a esto, alcanzó suficiente fuerza cultural previa como para sostener la tesis utópica de que, en tanto que nosotros también somos un ecosistema (o hacemos parte de uno), existen modelos de sociedad estables (facilitadas, tal vez, tecnológicamente) donde podemos deshacernos de la política y ser todos individuos iguales que contribuyen en igual medida al funcionamiento del colectivo. En ciertos casos, perversiones de esta idea han servido para sustentar estructuras sociales clasistas o racistas bajo el argumento de que son naturalmente estables. Por otro lado, Curtis nota que esta idea está presente en el discurso que sostiene varias de las revoluciones de la última década (en Georgia, en Ucrania, en Irán, este año tenemos una manotada más) que han sido canalizadas en parte a través de internet. Para Curtis la negación de la necesidad de la política como estructuradora de la sociedad, ese sueño de que podemos ser una hiper-comuna de iguales autorregulada y estable (all watched over by machines of loving grace), no es sólo una ideología ingenua e imposible (como sugiere el fracaso rotundo de las comunas hippies experimentales que, con esta filosofía, se montaron en Estados Unidos durante los sesenta y setenta) sino que impide (en tanto que, por su carácter facilista, monopoliza sin esfuerzo el mercado del entusiasmo y la indignación) la conformación de movimientos que confronten con seriedad la opresión.

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