Recuerdo que hace algunos años, tras el incidente Pezón de Janet Jackson, salió a relucir el hecho más o menos obvio de que los eventos que se transmiten en directo realmente no se transmiten en directo. O sí, casi, pero no de inmediato. Además del tiempo que transcurre entre la captura de la imagen y su transmisión, hay un período breve cuando tiene lugar la producción, que permite, entre otras cosas, aplicar ciertas medidas de censura o elegir los mejores ángulos. A raíz del atisbo de teta en pleno Super Bowl se discutió la posibilidad de extender este delay unos segundos más. En respuesta, el pueblo teledependiente en pleno pidió respeto a su dignidad de espectador/consumidor/producto. Cinco segundos eran tolerables pero quince eran demasiados. El pueblo teledependiente exigió (y exige) inmediatez. Las transmisiones en directo ofrecen la ilusión de que la captura del instante retratado no ha sido manipulada. En ese sentido, funciona similar a la captura aficionada de video improvisada (por lo general granulosa, sin foco, movida y sucia) que es cada vez más popular como documento de apoyo en cubrimiento de noticias violentas (aquí algo más al respecto). Al tiempo que la postproducción digital es cada vez más poderosa, barata y extendida, se generan formatos que supuestamente nieguen la existencia de intervención. Subsiste, increíblemente, la idea absurda de que el video es más robusto como documento testimonial que, por poner un ejemplo, la fotografía. Uno de mis temas favoritos, uno del que si tuviera el músculo me gustaría escribir algún día algo extenso y bien documentado, es el proceso mediante el cual se desarrollaron las técnicas de fotografía fantasmal a principio del siglo pasado. Creo que ya he hablado de esto (ahora no encuentro el enlace): una vez la fotografía se consolida como una herramienta documental, surge una comunidad mayoritariamente centrada en Inglaterra y luego Norte América (y que paradójicamente tiene al inventor de Sherlock Holmes (paradigma de la racionalidad estilo Pierce) entre sus seguidores más apasionados) que utiliza trucos de edición y revelado (sumados a la credibilidad en ese momento incuestionable de la fotografía) para demostrar la existencia de fantasmas. Estas técnicas (o sus limitaciones) permiten la creación de la idea visual del fantasma como un ente antropomórfico difuso semitransparente y pálido que antes no existía. De cierta manera, el llamado ectoplasma (supuesto material polimórfico del que estaban compuestas las manifestaciones espectrales) es también un producto de estas técnicas: se ha sugerido que nació como una explicación a manchas inexplicables en las fotografías fantasmales. Estas manchas, claro, eran explicables fácilmente una vez se reconocían los juegos de doble exposición, superposición y sobreexposición que eran necesarios para producir el efecto deseado (y aquí deseado va en cursivas porque, como sugerí antes, los fotógrafos involucrados en realidad no sabían qué era lo que querían mostrar). Una vez establecidas como parte del fenómeno sobrenatural, los fotógrafos procedieron a desarrollar métodos que enriquecieran las manchas y les permitieran ejercer cierto control sobre el aspecto de las mismas. Como sea, el punto es que los métodos de captura de la inasible realidad objetiva (ese sueño) son de inmediato secuestrados por aquellos que quieren decidir el carácter de la realidad (incluso se podría decir que todo aspirante a representador de la realidad tiene ese propósito), pero aún así la masa teleadicta ilusa aspira a la adquisición de la verdad a través de estos medios altamente retocables y, con ese propósito, otorga valor agregado (en ocasiones paga por ese derecho) a presenciar transmisiones en directo de eventos sobre la transmisión en diferido de los mismos (aquí aprovecho para preguntar si existirá algún mecanismo psicológico/neurológico que recompense la sensación de inmediatez sobre la de presenciar el mismo hecho en pasado). Esto sin mencionar el sentido de comunidad global que genera la combinación de estas transmisiones con medios instantáneos de interacción social en línea (que a su vez exigen que los medios de comunicación que los alimentan con temas reaccionen cada vez más rápido a lo que ocurre (sin importar el sacrificio en sustancia)). Para cerrar, digamos que esto son unas notas para un proyecto de ensayo (que probablemente nunca escribiré) para así disculpar la dispersión descarada. Culpen al calor.