Para seguir con mi línea de mini-ensayos sobre baños públicos para hombres hoy quería escribir una nota breve sobre el lento camino hacia los orinales públicos con separadores. Cuando era pequeño esas cosas no existían. El orinal público era uno y el mismo para todos: un gran desagüe largo alimentado constantemente con agua y equipado con aromatizadores sólidos liberados por humedad de colores fluorescentes e intenso olor a flor o fruta artificial. Ahora, veintitantos años después, es cada vez más frecuente encontrar (al menos en Norteamérica) baños públicos donde cada orinal cuenta con barreras a lado y lado que previenen la típica mirada comparativa que todo hombre pudoroso con inseguridades fálicas teme recibir de sus vecinos de micción. Supongo que también hay toda una mitología viril alrededor del calibre e intensidad del chorro. Como sea, parecería que cada vez hay más hombres occidentales que son incapaces de mear en el orinal socialista. ¿La solución? Primero los disponen a más y más distancia (reduciendo la disponibilidad) y ahora además los separan explícitamente. Si este proceso continúa, dentro de algunos años tendremos orinales en cabinas independientes de las cabinas de inodoros y, finalmente, en un golpe de estupidez digna del proceso entero, los orinales serán abolidos, permitiendo así que las longitudes de las filas para entrar a baños de hombres por fin igualen a las de los baños de mujeres, lo que a su vez probablemente repercutirá en el aumento del mal olor en parqueaderos, callejuelas y pasajes subterraneos de bajo tráfico. Todo está conectado.