Lo que queda de la niñez son imprecisiones perfeccionadas: escenarios recurrentes o momentos concretos difuminados y remezclados en pequeñas épicas de la incomprensión. Al lado de la muerte de mi pequeña prima Rocío encuentro un viaje interminable en un camión lleno de plátano en medio del fango y más al fondo, detrás de una caja de cartón repleta de ropa que nunca podía dejar de ponerme, están una araña peluda, una quema de libros y esa semana rara por allá a los siete años cuando en la práctica no existimos. Entre todo eso hay una pelea de mis papás que probablemente nunca pasó, que era simplemente el acumulado de muchos gritos y altercados minúsculos producto de todas esas incompatibilidades de carácter que descubrieron demasiado tarde, el olor del Toyota de camino a Pacho, las postales y promesas de mi papá ausente, y los domingos familiares felices en la casa de mis abuelos que desde aquí siento sucesivos, como si no hubiera semanas de por medio.