Una obviedad (¿o no?): las perspectivas del futuro de un individuo se fundan principalmente en la relación con su pasado cercano. Nadie se siente tan mal con respecto a su futuro (su vida) como una persona que recién sobrevive a un mal momento. Una vez se supera cierto umbral temporal (dependiente de diversos factores), los recuerdos (incluso los dolorosos) ingresan en un estado más neutral donde interactúan con su propietario dentro de algo que se parece más a la conexión entre una ficción y su espectador/interpretador que a una vivencia personal. Esto permite, entre otras cosas, el resurgimiento (tal vez mutado) del optimismo.