Tal vez la homofobia en Colombia tenga raíces religiosas, pero es evidente que se extiende mucho más allá de la esfera religiosa. La homofobia en Colombia es endémica. Proponer a la Iglesia Católica (o a la Conferencia Episcopal (o a los cristianos en general)) como blanco principal de las críticas y cánticos en contra de la discriminación es un juego fácil pero estratégicamente inocuo. Es inocuo porque aunque la Iglesia efectivamente ejerza presión política para impedir que se adopten legislaciones más progresistas al respecto, sus razones para sostener estas posiciones son dogmáticas y difícilmente manipulables a través de la protesta. De alguna manera se podría decir que, como sugiere Mauricio, ser homofóbicos es parte de su misión. En las sociedades donde se ha llegado a una actitud más positiva al respecto de la homosexualidad la Iglesia Católica igual persiste en sus citas a Levítico 18-20 y sus memorias delirantes de lo que pasó en Sodoma.

Dado lo anterior, pienso que el objetivo de las campañas contra la homofobia no debería ser la Iglesia, sino aquellas personas que ejercen la homofobia no por convicción religiosa sino por costumbre, que son casi todas. Un sector amplio de la sociedad colombiana urbana tiene una relación distante con la religión y difícilmente presta atención a las necedades de los curas con respecto a la sexualidad (usan métodos anticonceptivos, tienen sexo antes del matrimonio, &c.), pero aún así mantiene actitudes homofóbicas basadas en prejuicios, ignorancia y miedo a la diferencia y lo desconocido. He ahí el verdadero obstáculo. En Colombia el índice de homofobia personal es esencialmente ortogonal a la afiliación política: aquellos que se autodenominan “de izquierda” o “progresistas” tampoco quieren maricas de vecinos, prefieren negros, y eso que también son racistas (ver el Latinobarómetro de 2009). Los activistas deberían reducir sus intentos de acallar a los curas y más bien concentrar sus esfuerzos en ganar la solidaridad y el apoyo de este sector que describo. Mientras que la batalla contra la discriminación de los homosexuales sea percibida como una causa de los afectados (una minoría pequeñísima y para colmo mayoritariamente invisible por culpa de la misma homofobia) y no como un problema social amplio, un problema relacionado con nuestra relación negativa con el sexo, la intimidad y lo raro, las pequeñas y agónicas victorias en las cortes y el congreso serán frágiles y siempre correrán el riesgo de dar marcha atrás.