La movilización de los estudiantes es admirable y justa pero ingenua. Exige un fortalecimiento financiero sin controles, evaluaciones ni restricciones de un conjunto de instituciones lamentables en lo administrativo y apenas aceptables en lo que corresponde a su supuesta labor como educadoras y generadoras de movilidad social. Unas instituciones encerradas en sí mismas que (más que cualquier otra cosa) subsidian con plata pública el acceso a títulos nobiliarios y privilegios (dentro del estricto sistema de castas colombiano) de quienes (en su gran mayoría) ya los tienen por ascendencia. Es evidente que la educación en Colombia adolece de todo tipo de problemas, pero el presupuesto para las universidades públicas y la “investigación” que se desarrolla en ellas no es ni mucho menos el más grave. (¿Quieren problemas educativos serios y urgentes? Miren los colegios públicos. Miren los medios con los que cuentan, la calidad de sus maestros, los índices de deserción y los resultados (tristes) que producen: sólo diecinueve colegios públicos se cuelan en la lista de los quinientos mejores colegios del país de acuerdo a las pruebas Saber de este año. Diecinueve de quinientos, sí. El primero ocupa la posición sesenta y siete. ¿Cuántos egresados de colegios públicos tendrán el chance de siquiera considerar la universidad como una opción?) La situación actual debería ser una oportunidad para, antes que “defender la universidad”, poner en duda su valor y propósito así sea sólo como ejercicio. Dicen que la educación superior genera progreso económico y/o social, pero para que esto sea así es crucial decidir primero hacia dónde progresar. Esta es una reflexión que ni la universidad ni el país se han permitido tener. Es incómoda. Obliga a sugerir que la fe en la universidad y en general la educación (parte del discurso progresista estándar) no es suficiente. ¿Cómo encaja (o debería encajar) la universidad en la sociedad? ¿Qué debe ser subsidiado y bajo qué condiciones? No basta con admitir y “graduar” cada año a números cada vez más grandes de personas de títulos cada vez más extensos (o llenar las universidades de “profesores/investigadores” con estudios de postgrado (usualmente sin mayor compromiso con la docencia, por cierto)). Es necesario repensar qué quiere decir un título universitario: qué acredita, qué garantiza y qué pretende. (¿Qué ofrecen los diferentes programas y a qué responde (o de dónde proviene) su variedad? ¿Qué queremos que hagan/puedan hacer sus egresados? ¿No deberían al menos saber leer, escribir y comunicar sus ideas?) La pregunta grande es si tiene sentido enfocar el inconformismo con respecto a la educación en la defensa obtusa de una institución diseñada para otra época (y otro lugar), anclada rígidamente en la tradición y garante fiel del statu quo, o si más bien deberíamos plantearnos un proceso de modernización serio que de verdad ponga a la universidad pública al servicio de la sociedad, sus necesidades y sus aspiraciones, a ver si algún día deja de ser un expendio a bajo costo de certificados de superioridad social y moral.

(Monjes chinos)