Una vaca supera el test de Turing. Su dueño, un campesino de Nueva Zelanda, está orgulloso. La vaca sale en televisión y ofrece entrevistas a la prensa de varios paises. El presidente de Francia, conmovido por su intepretación de La Marsellesa, invita a la vaca a pasar una temporada en París en la casa presidencial. Todos los días, al terminar su jornada de trabajo, el presidente de Francia camina del cuerno de la vaca junto al Sena. Conversan sobre filosofía medieval y Mahler. Discuten el destino de Francia y el sentido de la libertad. El presidente la nombra alta asesora en asuntos de política económica. Los analistas aseguran que es una excelente elección. Los inversionistas se apresuran a comprar bonos del tesoro francés. El país vive varios meses de prosperidad, casi parecen felices, pero nada es para siempre: una revista del corazón publica fotos comprometedoras del presidente acariciando con aparente lascivia las ubres de la vaca. El presidente dice que sólo la estaba ordeñando. Su mujer, una reconocida cantante y actriz pornográfica, pide el divorcio. El pueblo exige la verdad. La vaca deja el país de regreso a su patria para huir del acoso de los fotógrafos. El campesino, asqueado por su comportamiento que considera una deshonra para su granja puritana, no la recibe en el establo. La vaca duerme en estaciones de bus y pide plata en las calles para comprar trago. Nadie se conmueve. Finalmente, desesperada, decide vender su cuerpo por dinero en internet. La compran a buen precio, la sacrifican y la venden por trozos en un reputado asadero a las afueras de la ciudad. Su cabeza cuelga a la entrada como un trofeo. El matarife dice que no sufrió pero pidió perdón por todo lo malo que hizo y elevó una plegaria a Adonai. El presidente de Francia, atormentado por la culpa, abandona la política, cambia su nombre y se recluye en un pueblo perdido en los Pirineos, donde cría caballos y organiza fiestas privadas con sus nuevos amigos del campo, que sí lo entienden.