Un culebrero cristiano cobra 3.8 millones de pesos al distrito por un ritual para conjurar el buen clima. Resultado: escándalo y (hasta justa) indignación en los medios. Un poetarro vaca sagrada establecida que vive de sus penosas y provincianas glorias de juventud cobra 38 millones a la alcaldía de Bogotá por hacer un libro homenaje lamentable compuesto de plagios de viejas entrevistas, citas sin mayor criterio editorial y correos electrónicos agramáticos (como es usual en él, por lo demás), y todo el mundo calladito.

Decía Alejandro Gaviria que la defensa de la supuesta sabiduría de los brujos evidencia una tradición anti-científica arraigadísima en el establecimiento intelectual colombiano que ha dificultado enormemente el progreso (hacia cualquier lado) del país. ¿Y qué hay de estos otros señores que tienen secuestrada la cultura al servicio de una red clientelista de artistoides mediocres especializados en el endoelogio y la jeringonza? ¿Qué hay de ese fraude abierto e impune? Las políticas públicas de promoción de la cultura en Colombia funcionan como un sistema de financiación de un par de pequeñas burbujas de sinvergüenzas zalameros compitiendo por quién se queda con más. Las no-públicas, ahora que lo pienso, también. El establecimiento intelectual no sólo apoya esta estructura sino que, en este caso, hace parte de ella. Todo el enramado está diseñado para fortalecer ese club (tradicionalísimo) de favores, aplausos, plata fácil y mamaditas a punta de, por ejemplo, libros escritos para nadie y eventos sociales autocomplacientes. La producción y difusión de cultura y arte de calidad es una prioridad menor si es que es una prioridad. Lo importante es que la plata siga fluyendo a los bolsillos de los sospechosos de siempre.

Las razones por las que lo anterior está relacionado con el atraso social y sobre todo educativo del país son evidentes.